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	<title>Crónicas &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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	<description>Cuando el autoperdon es parte de esa columna vertebral para trascender</description>
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	<title>Crónicas &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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		<title>Nacira, la mujer que tejía la memoria</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2026 14:44:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[COLOMBIA PROFUNDA]]></category>
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					<description><![CDATA[Entre los hilos de una hamaca, una mujer convirtió el dolor de la guerra en el lenguaje silencioso de la esperanza. Nacira Luz López Buelvas comenzó aquella entrevista con el fotógrafo lituano Vytenis Didzuilis sin imaginar que no sería una conversación de una tarde, sino un diálogo que tardaría más de dos años en terminar. [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><em>Entre los hilos de una hamaca, una mujer convirtió el dolor de la guerra en el lenguaje silencioso de la esperanza.</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Nacira Luz López Buelvas comenzó aquella entrevista con el fotógrafo lituano Vytenis Didzuilis sin imaginar que no sería una conversación de una tarde, sino un diálogo que tardaría más de dos años en terminar. Durante veinticuatro meses él volvió una y otra vez a verla tejer, a escucharla, a guardar silencios y a comprender que aquella hamaca de mil colores no era simplemente una artesanía: era un mapa de la memoria. Cada hilo que cruzaba sus manos llevaba escondido un nombre, una ausencia, una historia. Mientras el tejido crecía, también se iba destejiendo su vida, como si hubiera esperado durante décadas a alguien dispuesto a escucharla hasta el final.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Morroa, a pocos minutos de Sincelejo, el calor termina por desnudarlo todo. También el alma. Después de varios días de trabajo, Nacira comenzó a quitarse parte de la ropa para soportar las altas temperaturas mientras seguía moviendo el telar con la serenidad de quien conoce el lenguaje de los hilos. No había vergüenza en aquel gesto; había libertad. Era como si con cada prenda que dejaba a un lado también se desprendiera de un poco del miedo acumulado durante tantos años de guerra. Frente a Vytenis no estaba posando una mujer. Estaba sanando una sobreviviente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Montes de María aprendieron demasiado pronto el significado del silencio. Allí la guerra dejó casas vacías, caminos sembrados de miedo y familias partidas para siempre. La violencia convirtió los amaneceres en incertidumbre y las noches en un territorio donde cualquier ruido podía anunciar la tragedia. Muchas personas nunca regresaron. Otras regresaron distintas. Y hubo quienes comprendieron que el único camino posible para seguir viviendo consistía en recoger los pedazos de la comunidad y volver a unirlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso hicieron las mujeres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras los hombres cargaban muchas veces el peso de la confrontación o el destierro, fueron ellas quienes sostuvieron la vida cotidiana. Cocinaron para quienes quedaban, cuidaron a los niños que preguntaban por quienes nunca volverían, acompañaron los duelos que parecían interminables y, cuando el miedo comenzó a ceder, transformaron la palabra y el tejido en herramientas para reconstruir el territorio.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Descubrieron que una aguja también podía desafiar a la violencia y que una hamaca podía convertirse en un archivo de la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nacira entendió muy pronto que tejer era mucho más que fabricar un objeto. Era una manera de nombrar a los ausentes sin romperse, de abrazar el dolor sin dejarse consumir por él y de demostrar que la reparación comienza mucho antes de que aparezcan las instituciones. Empieza cuando alguien decide volver a confiar en el otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una Nacira habita el telar y otra se sienta en los círculos de palabra y memoria histórica. En ambos lugares es la misma mujer, pero habla idiomas distintos. En uno conversan las manos; en el otro lo hace la voz. Siempre pensando en las mujeres como el centro de la reconstrucción del tejido social de los Montes de María. Junto a lideresas como su hija Edilma Corrales y Soraya Bayuelo Castelar ha tejido, destejido y vuelto a tejer la esperanza, convencida de que incluso las heridas más profundas pueden encontrar una costura que las mantenga unidas. No desaparecen. Nunca desaparecen. Pero dejan de sangrar cuando alguien se atreve a compartirlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el tiempo, Vytenis también quedó atrapado en esa historia. En Lituania comenzaron a preguntarse por él. Decían que se lo había tragado la tierra. Nadie entendía por qué seguía regresando a Morroa. Algunos imaginaron que era la belleza de aquella mujer que tejía bajo el sol del Caribe. Otros pensaron que nunca había visto una hamaca con semejante explosión de colores. Ninguna explicación alcanzaba. Lo que realmente lo retenía eran los relatos de una mujer campesina que hablaba por cientos de mujeres. Comprendió que Nacira no representaba únicamente a Morroa, sino a los quince municipios que conforman los Montes de María, un territorio donde la guerra intentó romper la identidad colectiva y donde la memoria decidió responder con dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí nacieron iniciativas como El Mochuelo, el Museo Itinerante de la Memoria, que llevó las voces de las víctimas hasta las plazas de los pueblos; las cartografías del cuerpo y el territorio, donde las telas comenzaron a dibujar aquello que las palabras no alcanzaban a decir; y los archivos del dolor convertidos en esperanza, porque registrar la memoria también es una manera de impedir que la historia vuelva a repetirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conocí a Nacira gracias al proyecto&nbsp;<em>Voces en el Territorio</em>. Al principio nuestras conversaciones eran breves. Ella observaba más de lo que hablaba. Bastó compartir varios días en su casa, junto a Clara Téllez, para descubrir que su hospitalidad era otra forma de resistencia. Nos recibió con los sabores heredados de sus ancestros, con la generosidad de quien nunca perdió la capacidad de abrir la puerta, aun después de que la violencia intentara cerrarla para siempre. Hay personas que envejecen acumulando años. Nacira los ha convertido en sabiduría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado más de cinco años desde aquella visita y aún no he vuelto a Morroa. Sin embargo, sigo caminando ese territorio a través de las redes sociales y de las noticias del colectivo de mujeres que continúa organizando, año tras año, el Festival de la Luna.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada edición parece un milagro construido a pulso. Porque la memoria también necesita presupuesto, voluntades y manos dispuestas a trabajar cuando casi nadie mira. Detrás de cada escenario, de cada exposición y de cada tejido hay mujeres que hacen rifas, gestionan recursos, golpean puertas y se niegan a permitir que el olvido gane la batalla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso el reconocimiento que recibirá Nacira del Rosario Núñez Corralesdurante el Festival de la Luna tiene un significado que trasciende cualquier homenaje. No es solamente un premio para una artesana. Es el abrazo que un territorio le ofrece a una mujer que decidió convertir el dolor en un oficio de esperanza. Es el agradecimiento de un pueblo que comprendió que la paz también se construye alrededor de un telar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces pienso que Colombia debería parecerse más a una hamaca montemariana. En ella ningún hilo es idéntico al otro, ninguno ocupa el lugar del vecino y, sin embargo, todos son indispensables para sostener el peso de quien descansa. La reconciliación quizá no sea otra cosa que aprender a tejer de nuevo con quienes alguna vez compartieron el mismo territorio roto por la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando cae la noche sobre Morroa, mientras la luna vuelve a iluminar los telares y el viento mueve lentamente las hamacas, imagino a Nacira haciendo lo que mejor sabe hacer: cruzar un hilo más. Porque cada puntada es una victoria sobre el olvido. Porque mientras existan mujeres como ella, la memoria seguirá encontrando el camino de regreso a casa.</p>
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		<title>El día en que me morí</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 21:43:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[morir]]></category>
		<category><![CDATA[oscarvina pardo]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace 20 días recibí una llamada que me dejó frío. Era una amiga del colegio, con voz entrecortada: “¿Óscar?”. Al responderle, solo suspiró. Ahí empezó mi pequeña resurrección. La familia Viña es como el arroz en fiesta de pueblo: está en todas partes. Entre Atanivar y Narciso Viña, este último mi bisabuelo, se encargaron de [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Hace 20 días recibí una llamada que me dejó frío. Era una amiga del colegio, con voz entrecortada: “¿Óscar?”. Al responderle, solo suspiró. Ahí empezó mi pequeña resurrección.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La familia Viña es como el arroz en fiesta de pueblo: está en todas partes. Entre Atanivar y Narciso Viña, este último mi bisabuelo, se encargaron de poblar buena parte de Doima, Rovira y sus alrededores. Llevamos más de 130 años multiplicándonos como si fuéramos bendecidos por San Eugenio, patrono de la fertilidad tolimense.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que no es raro que cada tanto aparezca otro Viña en la historia&#8230; pero que me enterraran en vida, ¡eso sí fue nuevo!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo empezó un martes a las 3 de la tarde. Adriana Mora, amiga del colegio, me llamó con una voz tan temblorosa que pensé que estaba viendo una película de terror o se le había dañado el WiFi.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Oscar?, me dijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pues claro, ¿quién más, pendeja?, respondí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí soltó un grito que me dejó medio sordo y completamente vivo.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>¡Viñita, estás vivo! ¡Qué alegría!</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Me explicó que había visto un aviso en redes anunciando la muerte de un “Oscar Viña”. Como el segundo apellido no le cuadraba, prefirió llamar antes de llevar flores o ponerse a llorar viendo nuestras fotos del colegio Comfenalco de Ibagué.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de ella me llamaron otras dos personas. Y ya con el rumor bien avanzado, empecé a investigar. El fallecido era un Oscar Viña, sí, pero otro. Hermano de Gloria, a quien desde hace 13 años llamo prima, porque fue la primera vez que nos vimos, aunque nunca pregunté por el resto del combo familiar. El difunto tenía más de 70 años, y por lo que me contaron, fue un gran tipo. Bisnieto de Atanivar. Me alegra saber que el nombre quedó bien parado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, que me confundan es pan de cada día. Algunos me dicen Oscar Pardo, pensando que soy el candidato eterno al concejo o asamblea. Tengo que explicar que la única&nbsp;&nbsp;política que ejerzo es el movimiento Salvación por Mí, donde militan mis dudas, mis principios y ese caudillismo afectivo que uno construye entre amigos y gente buena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero este episodio de mi “muerte” me dejó pensando. Recordé una canción de los años 70 que dice: “No quiero flores cuando muera, las quiero ahora en mi jardín”. Y sí, yo también quiero mis margaritas vivas, no en ramos fúnebres. Quiero regar esas amistades que valen la pena, esas relaciones que dan sombra, aroma y hasta espinas&#8230; pero que son mías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me encantaría tener más tiempo para reencontrarme con los amigos del colegio, la universidad o de los trabajos por donde he andado, incluso con los de primaria. Pero los días parecen encogerse, y la vida nos arrastra como río crecido. Vivimos ocupados, pero rara vez presentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí está el detalle: si uno no riega su jardín, termina rodeado de maleza. Hay flores que cortan, otras que solo perfuman y muchas que ni se notan, como esos chats que dicen «Hola» y duran tres meses en visto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi jardín, como el de cada quien, necesita cariño, paciencia y decisión. No hay que cuidarlo por lo que digan los demás, sino por lo que uno quiere conservar para el resto de sus días.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que si un día escuchan que me morí, asegúrense de revisar el segundo apellido… y mientras tanto, mándenme un mensaje, un cafecito, un chisme. Porque todavía ando por aquí, regando lo que vale la pena, cantando, bailando y simulando que juego aun bien al baloncesto.</p>
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		<title>El día que fui pandillero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 21:39:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[buling]]></category>
		<category><![CDATA[oscar vina pardo]]></category>
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					<description><![CDATA[Luis Arturo, mi hermano mayor; Carlos Pardo, mi primo; y yo formamos la pandilla más temida de un solo día: VIPAR. Aunque nuestra carrera llena de furia duró un recreo, resolvimos un problema que me quitaba el sueño&#8230; y el recreo Tenía apenas cuatro años y ya enfrentaba los grandes dilemas de la vida: cómo [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Luis Arturo, mi hermano mayor; Carlos Pardo, mi primo; y yo formamos la pandilla más temida de un solo día: VIPAR. Aunque nuestra carrera llena de furia duró un recreo, resolvimos un problema que me quitaba el sueño&#8230; y el recreo</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía apenas cuatro años y ya enfrentaba los grandes dilemas de la vida: cómo sobrevivir al curso de preparatorio en el Nuevo Liceo y a un compañerito abusivo. Mis socios del kínder, 18 meses mayores, eran mi respaldo.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">No exagero cuando digo que era un niño inquieto. Lo suficiente como para ganarme visitas regulares al cuarto oscuro de la institución. ¿Un trauma? Quizás. ¿Una aventura? Sin duda. Pero el verdadero desafío llegó cuando “Pedro” (nombre ficticio para proteger al ahora reformado) decidió que yo no merecía recreo ni amigos. ¡Una injusticia imperdonable!&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lleno de rabia, corrí a mi mamá en busca de apoyo. Su respuesta fue tan sabia como desconcertante:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Eso no es problema mío, ¡arréglalo ya!  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias, amada madre. Motivación pura y dura.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, nació VIPAR: “Viña Pardo”, un nombre que exudaba creatividad (o falta de ella). Con mi hermano y mi primo, planeamos nuestra vendetta. Les conté a los “grandes” todo lo que Pedro me hacía, quizás adornándolo un poquito para ganar su indignación.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Funcionó. Se llenaron de rabia por mí.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿El resultado? Un plan de acción digno de un thriller: Mi primo lo sujetó con firmeza por la espalda, mi hermano le dio dos precisos golpes en el estómago, y yo, el cerebro de la operación, observé con orgullo. Cuando Pedro quedó sin aire, mi hermano soltó la frase lapidaria:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Con mi hermano, no se mete.  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Y mi primo añadió con un toque dramático:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Ya sabe lo que le puede pasar.  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">VIPAR había triunfado. La justicia había llegado al recreo. Y Pedro, ahora respetuoso, nunca más me molestó.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>De pandillas a reflexiones&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado años desde ese épico episodio de 1975, y algo está claro: no teníamos celulares, pero sí teníamos juego. Reíamos, peleábamos y nos reconciliábamos cara a cara.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, como padres y abuelos, debemos recordar la importancia de esos momentos reales, de las experiencias físicas y las emociones tangibles. Permitir que nuestros niños enfrenten desafíos, aprendan de&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">las derrotas y disfruten del triunfo.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que mi invitación es simple: dejemos que los niños sean niños. Menos pantallas y más parques, menos metaverso y más recreo. Tal vez no necesiten formar pandillas como VIPAR, pero sí desarrollar su carácter con juegos, risas y, por qué no, alguna que otra pequeña travesura.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un mundo donde las redes sociales nos invitan a la conformidad, el verdadero crecimiento viene de las relaciones reales. Las anécdotas, como las de Pedro, nos enseñan que incluso los problemas de la infancia pueden transformarse en lecciones inolvidables.&nbsp;&nbsp;</p>
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		<title>Mi madre al final tenía razón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:41:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Autoperdón]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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					<description><![CDATA[Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela llamada vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su nombre no importa.<br>Su historia sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a mi trabajo como periodista tuve la oportunidad de sentarme frente a frente con un reincorporado en los Montes de María, un hombre que años atrás perteneció a las Farc y que ahora intentaba construir una nueva vida desde la legalidad, aferrado a proyectos productivos y a la esperanza de no volver a la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debo reconocerlo: la sangre me hirvió durante unos segundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos quizás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos donde regresaron imágenes, silencios y recuerdos relacionados con la muerte de mi hermano mayor,&nbsp;Luis Arturo Viña Pardo, quien falleció hace más de once años tras la explosión de un artefacto en el Cañón del Combeima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero después ocurrió algo inesperado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a aquel hombre hablar sobre sus errores, sus búsquedas y sus nuevas luchas, recordé el proceso profundo que vivimos como familia liderados por mi madre,&nbsp;Gloria Inés Pardo Rodríguez. Un proceso doloroso, silencioso y humano donde entendimos que el perdón no consiste en justificar el daño recibido, sino en decidir que el odio no siga gobernando nuestra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el duelo no es olvidar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El duelo, como dicen algunos especialistas, es aprender a recordar sin que el dolor destruya el alma cada vez que aparece la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí estaba yo, escuchando a un hombre que alguna vez hizo parte de una guerra absurda que desangró al país durante décadas. Pero ya no veía únicamente al excombatiente. Veía también al ser humano intentando reconstruirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa desconocer el dolor de las víctimas ni minimizar la tragedia de miles de familias colombianas. Significa comprender que el odio permanente también termina enfermando a quien lo carga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre lo entendió mucho antes que nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella repetía constantemente algo que hoy cobra más sentido que nunca:<br>“Somos lo que decidimos alimentar dentro del corazón”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso el proceso de perdón dentro de nuestra familia no nació desde el olvido, sino desde la conciencia. Comprendimos que si seguíamos viviendo desde la rabia, el resentimiento y la venganza, terminaríamos transmitiendo ese dolor de generación en generación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas que hoy también comparto en la&nbsp;<em>Agenda del Perdón: ¿Cuál es tu historia?</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos cargamos heridas invisibles.<br>Todos tenemos ausencias.<br>Todos venimos de historias familiares complejas.<br>Pero también todos tenemos la posibilidad de resignificar aquello que vivimos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La agenda nace precisamente de esa necesidad de volver a mirarnos por dentro, de escribir nuestra historia con honestidad y de entender que el perdón empieza muchas veces por nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque hay personas que pasan la vida entera culpando a otros de su dolor sin darse cuenta de que siguen atrapadas emocionalmente en aquello que no logran sanar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no hablo únicamente del conflicto armado. Hablo de padres ausentes, relaciones destructivas, abandonos, traiciones, violencias silenciosas y palabras que dejaron marcas profundas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una frase de mi libro&nbsp;Recuerda que Nada es Personal&nbsp;hoy vuelve a tomar fuerza:<br>“Todos somos maestros y todos somos alumnos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué frase tan sencilla… y qué verdad tan profunda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El reincorporado que tuve enfrente fue maestro para mí esa tarde. Me recordó que el ser humano sí puede cambiar. Que incluso después de la oscuridad existe posibilidad de reconstrucción. Y quizá yo también fui maestro para él desde la escucha, desde la mirada sin odio y desde la posibilidad de reconocerlo nuevamente como persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vida funciona así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aprendemos unos de otros constantemente. A veces desde el amor. Otras veces desde el dolor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escritora&nbsp;Robin Norwood, en su libro&nbsp;<em>¿Por qué a mí?</em>, plantea algo profundamente revelador: muchas enfermedades emocionales y físicas tienen relación con heridas internas no resueltas. Y aunque cada persona interpreta estas ideas desde su propia experiencia, sí existe algo evidente: vivir atrapados en el resentimiento termina deteriorando nuestra manera de habitar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El odio consume.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El perdón, en cambio, libera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no porque mágicamente desaparezca el sufrimiento, sino porque deja de gobernar nuestra existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos se quedan instalados en la rabia permanente. Y entonces la vida comienza a repetirles las mismas lecciones una y otra vez. Cambian los escenarios, cambian las personas, pero el conflicto interno sigue intacto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, sin títulos académicos sobre inteligencia emocional ni discursos sofisticados, entendía algo esencial: las palabras dichas desde el corazón tienen poder transformador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella no negaba el dolor.<br>No escondía las lágrimas.<br>Pero tampoco permitía que el resentimiento se volviera dueño de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy comprendo que fue una gran maestra para todos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La procesión de las ausencias sigue existiendo, claro. Hay heridas que nunca desaparecen del todo. Hay fechas que todavía aprietan el pecho. Pero también existen momentos reveladores donde uno entiende que quienes partieron siguen enseñándonos incluso desde el recuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso ocurrió aquella tarde en Montes de María.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a ese hombre hablar de paz, trabajo y futuro, sentí que abrazaba simbólicamente a todos mis muertos. Y entendí algo profundamente humano: perdonar no es absolver al otro; es dejar de condenarse uno mismo a vivir eternamente en la guerra interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, al final, tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Somos lo que decidimos ser.</p>
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		<title>Un polvo llamado Covid19</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2026 13:20:46 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[relaciones de pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[En tiempos de pandemia hasta las relaciones cambiaron. El mal llamado “polvo” pasó en algunos casos a convertirse en rutina de supervivencia emocional; en otros, hablar paja terminó siendo la mejor medicina para no dejar morir el amor. Por Óscar Viña Pardo &#8211; escrito publicado cuando inicio la pandémia del Covid19 Dicen que no hay [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">En tiempos de pandemia hasta las relaciones cambiaron. El mal llamado “polvo” pasó en algunos casos a convertirse en rutina de supervivencia emocional; en otros, hablar paja terminó siendo la mejor medicina para no dejar morir el amor.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Por Óscar Viña Pardo</em> &#8211; escrito publicado cuando inicio la pandémia del Covid19</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Y si algo quedó claro durante la pandemia es que el Covid-19 no solo puso en cuarentena la economía, la política y los abrazos: también revolucionó las alcobas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El amor sobrevivió… pero con tapabocas emocional.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchas parejas que antes juraban amor eterno terminaron descubriendo, después de tres meses encerrados, que el verdadero virus era convivir las 24 horas. Lo que parecía una relación estable comenzó a tambalear entre el teletrabajo, los platos sucios, el niño viendo TikTok a las dos de la mañana y el marido preguntando cada veinte minutos qué había de comer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La monotonía acabó con más romances que el suegro metido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parejas que antes se extrañaban, ahora soñaban con verse… pero desde otra casa. Muchos esperaban con ansiedad la apertura económica del país no para ir al centro comercial, sino para terminar dignamente una relación que hasta febrero parecía perfecta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Pero no todo fue tragedia amorosa.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El sexólogo&nbsp;Ezequiel López Peralta&nbsp;aseguró que otro grupo de parejas decidió ponerle creatividad al encierro. Mientras unos peleaban por el control remoto, otros desempolvaron la imaginación y volvieron a prender la mecha del amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Y claro… el comercio lo entendió rapidísimo.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las ventas de juguetes sexuales subieron como espuma. Según reportes citados por&nbsp;Forbes, las compras en línea y los domicilios relacionados con productos eróticos crecieron notablemente en ciudades como Bogotá y Medellín. El Covid dejó claro que el colombiano podrá quedarse sin gimnasio, pero jamás sin creatividad para el entretenimiento horizontal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque como decía&nbsp;Gabriel García Márquez, uno llega al mundo con los polvos contados… y había que administrarlos bien durante la cuarentena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, donde verdaderamente la pandemia produjo una revolución silenciosa fue entre los solteros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí sí el asunto se puso interesante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Según López Peralta, la masturbación dejó de ser ese tema escondido debajo del colchón moral latinoamericano y pasó a convertirse casi en política pública sanitaria. Algunos ministerios de Salud llegaron incluso a plantearla como una de las prácticas sexuales más seguras durante la pandemia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otras palabras: hablar paja dejó de ser solo metáfora nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los solteros, los separados y uno que otro “infiel en pausa” encontraron en el sexting, las videollamadas calientes y los mensajes sugestivos un nuevo deporte olímpico del confinamiento. WhatsApp pasó de servir para reenviar cadenas religiosas a convertirse en consultorio sentimental, motel virtual y sala de creatividad erótica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La imaginación volvió a cotizarse alto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque encerrados entendimos algo fundamental: el cerebro sigue siendo el órgano sexual más poderoso. Y mientras algunos hacían pan artesanal o aprendían yoga, otros perfeccionaban el arte de la foto insinuante tomada desde el mejor ángulo posible del apartamento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso sí, la pandemia también democratizó la autosatisfacción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El sexólogo explicaba que muchas personas en pareja descubrieron algo revolucionario: podían disfrutar de su sexualidad tanto acompañados como individualmente. Toda una tesis doctoral para generaciones educadas bajo la idea de que el placer siempre tenía que venir con banda sonora romántica y velita aromática.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las aplicaciones tampoco se quedaron quietas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tinder,&nbsp;Badoo&nbsp;y otras plataformas de encuentros vivieron su propia bonanza pandémica. Mientras el mundo se cerraba físicamente, internet abría puertas emocionales, románticas y, para qué negarlo, bastante hormonales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos descubrieron que podían enamorarse sin salir de la cama. Y otros comprobaron que el amor virtual dura exactamente lo mismo que la señal del wifi.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la otra cara del encierro también tuvo sus desafíos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es hablar de pasión en teoría y otra practicarla en casas donde convivían abuelos, niños, tíos, sobrinos, mascotas y vecinos con paredes de papel. El verdadero desafío romántico de la pandemia no era encontrar deseo… era encontrar privacidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí surgió una nueva disciplina olímpica nacional: el safari amoroso doméstico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parejas buscando espacios imposibles entre la cocina, el patio, el baño y el cuarto útil, mientras el niño gritaba desde la sala que se había caído el internet. El erotismo en tiempos de pandemia requería más estrategia que una misión militar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aun así, entre el caos, el miedo y el encierro, muchas parejas entendieron algo valioso: la intimidad no siempre pasa únicamente por el sexo. A veces también consiste en conversar, reírse juntos, volver a coquetear o simplemente sobrevivir emocionalmente al encierro sin lanzarse el control remoto a la cabeza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque al final el Covid-19 terminó recordándonos algo simple: el deseo necesita imaginación, humor y complicidad para mantenerse vivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que enamore.<br>Hable paja.<br>Coquetee.<br>Diga el cuento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y si definitivamente no logra convencer a nadie… por lo menos écheselo usted mismo frente al espejo.</p>
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		<title>Las rezanderas de La Mojana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 10 Aug 2025 14:26:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Angelica regina Reales]]></category>
		<category><![CDATA[La mojana]]></category>
		<category><![CDATA[Sucre]]></category>
		<category><![CDATA[Ubaldo Manuel Diaz]]></category>
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					<description><![CDATA[Angélica Regina Reales una de las últimas rezanderas de La Mojana estárecostada a un taburete y desde allí casi que en forma robótica alarga un brazo yesparce granos a un enjambre de pollos que enardecidos corren hacia ella, lashambrientas aves se arremolinan a su alrededor y cacarean de maneraensordecedora. Por Por Ubaldo Manuel Díaz. Angelica [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Angélica Regina Reales una de las últimas rezanderas de La Mojana está<br>recostada a un taburete y desde allí casi que en forma robótica alarga un brazo y<br>esparce granos a un enjambre de pollos que enardecidos corren hacia ella, las<br>hambrientas aves se arremolinan a su alrededor y cacarean de manera<br>ensordecedora. Por Por Ubaldo Manuel Díaz.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Angelica Regina esta inquieta, desde hace varios días no ha parado de llover en la<br>región de La Mojana. Una leve llovizna se desgaja sobre el horizonte. Un hombre<br>de rasgos aindiado y piel de ébano se acerca y le susurra al oído que el chorro de<br>“caregato” se ha roto nuevamente. Anochece, la humilde mujer se levanta y reúne<br>a los animales emitiendo un sonido gutural parecido a una canción de cuna, sabe<br>que la inundación en toda la región es inminente, el desastre que se avecina es<br>inevitable. Indignada esboza una tímida sonrisa que deja ver un canino<br>ennegrecido por la nicotina y se despacha en contra de los contratistas que desde<br>hace varios años no han podido cerrar “caregato” : “a ese choro le han metido un<br>infierno de plata y toda se la han robado”, el hombre de rasgos indígenas le<br>escucha en silencio sosteniendo un raído sombrero sobre una de sus manos y ve<br>caer la lluvia por una desencajada ventana como Isabel viendo llover en Macondo.<br>El pequeño diluvio continúa, las primeras gotas acribillan sin piedad las viejas<br>láminas de zinc. Regina permanece de espaldas escuchando el crepitar de la<br>lluvia enfundada en un vestido luctuoso que le cubre hasta los tobillos<br>canturreando uno de los cien réquiems en latín, ofrecido hoy por la conversión de<br>los ladrones de “caregato” y las benditas almas del purgatorio, esta sencilla mujer<br>nunca ha leído el catecismo de la Iglesia Católica o la Divina Comedia de Dante<br>donde ocurren los episodios del más allá y del más acá: cielo, purgatorio e inferno,<br>esto no le impide preparar meticulosamente su arsenal para la batalla de esta<br>noche, según cuenta, está noche rezará nueve rosarios por el eterno descanso de<br>los fieles difuntos y los pillos del chorro de “caregato”, mientras prepara sus<br>armas( agua bendita, rosarios, crucifijos)…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se escucha en silencio el sonido de una corredera, el “tic tac” de la tapa de un<br>frasco al cerrar, en el bolso o talega que ha alistado, guarda celosamente como<br>tesoro algunas chucherías, saca y enseña varias novenas envejecidas y escritas<br>en latín: “esta me la regaló el obispo tal”- sigue sacando &#8211; esta me la dio el<br>sacerdote tal… “anima bendita”- y se hace un santiamén en su arrugada frente;<br>como en una caja de pandora sigue sacando ininterrumpidamente estampas de<br>vírgenes, novenas a santos y finalmente la imagen sonriente de Francisco el<br>hombre enfundado en una sotana blanca, meditando por los marmóreos y fríos<br>pasillos del vaticano. Con la talega terciada a su espalda de monja medieval se<br>sube a la parrilla de una moto que es escoltada por otra y se pierden en la<br>distancia en medio de la oscuridad.<br>Sobre una rustica mesa cubierta con un lienzo blanco, dos cirios encendidos<br>crepitan ante la invasión de los primeros insectos, en esta apartada población de<br>La Mojana bolivarense, despensa hídrica de Colombia, “el país de las aguas”<br>como hermosamente la definió el poeta Isidro Álvarez, por el abandono estatal<br>sus habitantes viven anclados en el siglo XIX, la luz voltaica no ha llegado a<br>algunos de esos lugares, existe la historia casi que sacada del realismo mágico, la<br>de un niño que no conocía el hielo. En el ambiente se percibe un penetrante olor a<br>flores, a perfume barato, a incienso, huele a muerto; un grupo de personas se<br>acerca silenciosamente al improvisado altar, – un niño adornado por un<br>desgastado roquete, regalo del legendario padre Menco, ministro de Dios en la<br>tierra, que llegó a la población de Sucre – Sucre en el meridiano de su existencia<br>para estar seis meses y se quedó treinta y tres años.<br>Esta población a pesar del aislamiento y abandono a la que ha sido sometida<br>durante décadas, viven las personas más felices del mundo. El niño del<br>desgastado sobrepelliz entra solemnemente en escena, pregona y repica una<br>campanita &#8211; “a rezar” a “rezar”- Angélica Regina con una inclinación lo hace pasar<br>aguardándolo sentada en la silla principal parecida a un trono, desde ahí con<br>ademan de pontífice y camándula en mano hace un gesto teatral. -Silencio &#8211;<br>Cierra los ojos y como si se estuviera comunicando con el más allá comienza la<br>primera jaculatoria en latín: Regina Coeli (reina de los cielos). Regina mater (reina<br>madre). Virgo Purissima (Virgen purísima), el nutrido auditorio en su mayoría<br>mujeres con los ojos cerrados y en actitud de recogimiento responden al unísono:<br>“ora pro nobis”, (ruega por nosotros) algunos hombres bostezan, un niño de<br>brazos chilla, Regina prosigue su eterna jaculatoria, al fondo en la penumbra, un<br>grupo de jovencitas apiñadas junto a varios muchachos, indiferentes a ese acto de<br>“solemnidad” susurran frasecitas de amor.<br>En el intervalo del primer rezo Regina se acerca – me llama aparte, en la</p>



<p class="wp-block-paragraph">oscuridad, se sienta a mi lado con la confianza de dos viejos amigos, enciende<br>pausadamente un cigarrillo y como si se tratara de un secreto el cual va a ser<br>revelado a pocos me dice calladamente: “el ser rezandera es una profesión muy<br>dura”. &#8211; “a nosotras nos pagan por rezar, nos pagan por trasnochar, por mandar<br>esas almas al cielo”, y señala la estrellada bóveda celeste, donde resplandece la<br>constelación de Taurus.<br>─ ¿Una profesión? &#8211; le pregunté &#8211; “sí, una profesión, a nosotras nos va bien en la<br>medida que la gente se siga muriendo”, es más, -dijo- cruzándose de piernas y<br>soltar un tenue hilillo de humo que brotaba de sus labios, sosteniendo en lo alto de<br>sus dedos el quinto cigarrillo de la noche que titilaba en medio de la inmensa<br>oscuridad –“es un oficio que es para toda la vida”- quedó pensativa y remató: “es<br>un trabajo que no tiene fin.<br>─ ¿por qué? -seguí preguntando- “porque la gente nunca deja de morirse” fue su<br>escueta respuesta &#8211; “aunque por estos lares” – hizo una pausa en su monologo &#8211;<br>se volteó y me escrutó con la mirada de arriba a abajo como si me hubiese visto<br>por primera vez, &#8211; de su boca salió un aliento con olor a almizcle y a nicotina que<br>me invadió por completo el rostro-“ la gente últimamente se muere poco, este<br>oficio está en crisis, está en vías de extinción”-, se aleja y tira con la fuerza del<br>dedo índice la sexta colilla de cigarrillo.<br>– ¡Ah! e hizo nuevamente una pausa –“y el día que me muera”, &#8211; quedó pensativa<br>y entrecruza los dedos de las manos como si hubiese sido sorprendida en una<br>picardía &#8211; musitó- “no quiero que me recen”. &#8211; Intrigado, me deslicé hacia ella para<br>escucharla mejor.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>¿por qué no quieren que te recen? &#8211; “porque para esa época, aquellas jovencitas<br>que están allá -señaló a las que susurraban frasecitas de amor- “ninguna será<br>rezandera”. Hubo un silencio, interrumpido por cuatro hombres sentados alrededor<br>de una mesa iluminada por un candil, revolvían fichas blancas y nacaradas que<br>refulgían a la luz de la luna, al instante se escuchó el tableteo del -doble seis-<br>cinco y cuatro- se daba inicio al primer round de dominó de la noche.<br>Esa noche percibí que estas mujeres, las rezanderas practicaban una especie de<br>sincretismo religioso en sus rezos, mezclan el latín, lengua oficial de la Iglesia<br>católica en la cual el papa Francisco escribe sus textos con elementos de los<br>rituales indígenas y cimarrones llamada la zafra mortuoria, propia de los negros<br>escapados del marquesado de Yolombó el cual tuvo su asiento en Mompox &#8211;<br>Bolívar.<br>Al rayar la madrugada la mayoría de acompañantes al velorio se habían<br>marchado, se percibía un ambiente de desamparo, devastado por el paso de un</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">tsunami; sillas desperdigadas por el amplio patio, el niño de quien se dice que no<br>conocía el hielo recogía en una bolsa los últimos vasos desechables arrojados por<br>doquier donde se había servido el café de la noche, varios hombres que<br>permanecían sentados cabeceaban resistiéndose al abrazo de morfeo, a Regina<br>le entra una llamada a su teléfono móvil donde le anunciaban para esta noche un<br>nuevo rezo en cualquier lugar de la Mojana sucreña, se despide y la veo alejarse<br>en medio del frio amanecer, pienso mucho en esta frágil y sencilla mujer que por<br>ese don del “Logos”, de la palabra que a pocos mortales se les ha concedido,<br>mantuvo en vela y atento toda la noche a un auditorio de más de 200 personas,<br>cosa que envidiaría y que no puede hacer, ni emular el más embustero político en<br>campaña electoral.<br>El autor de esta crónica es el Sacerdote, Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio pluma de oro de periodismo APB 2018 -2019- 2021 -2023 -2024 Barrancabermeja – Santander. Email: sinuano1817@yahoo.es</p>
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		<title>Sandra Liliana Heredia: una historia de vida ejemplar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Jul 2025 22:57:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Juicio del silo]]></category>
		<category><![CDATA[Sandra Heredía]]></category>
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					<description><![CDATA[Conozca el perfil de la jueza que dictará el veredicto si condena o absuelve al expresidente Álvaro Uribe. Por: Alejandro Hernández. Tomada del Cronista.co La Historia de Sandra Heredia, la Jueza tolimense que dirigió el ´Juicio del Siglo’ en Colombia. Los caprichos del azar quisieron que a una tolimense, surgida de la clase trabajadora, le [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Conozca el perfil de la jueza que dictará <em> el veredicto si condena o absuelve al expresidente Álvaro Uribe.</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Por: Alejandro Hernández. Tomada del Cronista.co</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La Historia de Sandra Heredia, la Jueza tolimense que dirigió el ´Juicio del Siglo’ en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los caprichos del azar quisieron que a una tolimense, surgida de la clase trabajadora, le correspondiera dirigir uno de los juicios más importantes en la historia de Colombia y, sin duda alguna, el más mediático de lo que va del siglo XXI. A Sandra Liliana Heredia Aranda la vida le presentó el reto de administrar justicia en el proceso contra el expresidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, acusado por la Fiscalía de soborno a testigos y fraude procesal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Más allá del sentido del fallo, que se conocerá el próximo 28 de julio, el nombre de Sandra Liliana Heredia Aranda quedará grabado para siempre en las páginas doradas de la Rama Judicial colombiana. Con entereza y asombrosas muestras de carácter, la jueza tolimense condujo el juicio contra Uribe. Supo sortear todo tipo de escollos legales, y ahora un país entero espera con ansias la decisión que dicte su conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Cronista.co se dio a la tarea de consultar fuentes protegidas, realizar trabajo de campo e indagar en documentos oficiales para desentrañar la historia de la jueza tolimense que emitirá lo que algunos denominan el «<strong>Fallo del Siglo»</strong>; un fallo que, por primera vez en la historia de nuestra Nación, podría declarar culpable a un expresidente de la República e incluso condenarlo a prisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Una mujer hecha a pulso</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Sandra Liliana Heredia Aranda nació en Alpujarra, un municipio ubicado en el extremo suroriental del Tolima, en los límites con el vecino departamento del Huila. Alpujarra es un pueblo de gente pujante, asentado en el flanco occidental de la Cordillera Oriental. Su vocación ha sido prominentemente agrícola desde la época de la Colonia y, en la actualidad, con apenas 4.000 habitantes, se destaca por su producción de café, cacao y caña panelera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí nació <strong>Sandra Liliana Heredia Aranda</strong>, en el seno de una familia campesina humilde y laboriosa. Es la octava de nueve hermanos y, aunque su infancia estuvo marcada por algunas carencias materiales, el ejemplo de trabajo arduo y honestidad desinteresada nunca le faltó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde sus primeros años de vida, según aún recuerdan en Alpujarra, Sandra Liliana mostró deseos irrefrenables de superación. Estudió su primaria en la Escuela Urbana de Niñas y luego se graduó de bachiller en el Colegio Felisa Suárez de Ortiz. Para esa época, se dio cuenta de que tendría que dejar atrás la tierra que la vio nacer en busca de mejores oportunidades. Así, dejó Alpujarra, pero no al Tolima.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>De Alpujarra a Flandes</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Fuentes consultadas relatan que, siendo aún una adolescente, llegó a Flandes, en el oriente del Tolima. Allí la acogió en su casa una de sus hermanas, quien sería la que la acercaría poco a poco a la Rama Judicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Sandra Liliana Heredia es la misma de tantos jóvenes a quienes las vicisitudes de la vida obligan a forjar su futuro a pulso, desde cero. Aunque tuvo que esperar más de 10 años para graduarse como abogada, desde comienzos de los años 90, la joven comenzó su formación académica para ingresar a la Rama Judicial. Realizó algunos cursos de Estadística y Matemáticas Financieras en el Sena de Girardot, «ya que su familia no contaba con recursos para costearle los estudios universitarios».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, consiguió su primera oportunidad en la Rama Judicial. Fue en el Juzgado Primero Promiscuo Municipal de Flandes donde comenzó su vida de servidora pública. El 27 de junio de 1994, Sandra Liliana empezó a trabajar desde el escalón más bajo de un Juzgado: el cargo de notificadora. Apenas estuvo allí 44 días, mientras cubría los periodos vacacionales de su hermana, pero fueron suficientes para enamorarse de la Rama Judicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A partir de ese año, inició su carrera ascendente. Todavía la recuerdan en Melgar, donde trabajó desde agosto de 1994 como notificadora para la jueza Luz Marina Sandoval Carrillo, a quien, según personas cercanas, Sandra Liliana recuerda como su primera mentora. «Ella le dio ejemplo de disciplina, responsabilidad y aprecio infinito por la administración de justicia, y la formó no solo en el ámbito laboral sino también personal».</p>



<p class="wp-block-paragraph">A finales de 1994, Sandra Liliana ascendió al cargo de escribiente, más adelante a oficial mayor y luego a secretaria en propiedad. Recorrió la Rama Judicial peldaño por peldaño, sin saltarse ninguno. Tenía claro que los mejores destinos a menudo no admiten atajos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sandra Liliana trabajaba en Melgar y viajaba constantemente a El Espinal para formarse como abogada en la Universidad Cooperativa de Colombia. Trabajaba y estudiaba al mismo tiempo, hasta que el título profesional llegó el primero de noviembre del año 2006</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Una jueza ejemplar</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue hasta el año 2009 cuando Sandra Liliana Heredia comenzó su carrera como jueza de la República. En mayo de ese año la designaron Juez Municipal Adjunta en Bogotá. Estuvo apenas siete meses, pues se trató de un cargo temporal, de los que en la Rama Judicial denominan «descongestión».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, en 2011, la designaron Juez Primero Municipal con Funciones Mixtas de El Espinal, cargo que ocupó hasta abril del año 2016. Su destacado trabajo también la llevó a ser oficial mayor de la Sala Penal del Tribunal Superior de Ibagué, Juez Cuarto Penal Municipal con funciones de control de garantías de Ibagué y Juez Cuarto Penal Municipal con funciones de conocimiento de Bogotá. Pero fue el primero de agosto del 2018 cuando llegó al cargo en el que la tolimense ha cobrado relevancia nacional e incluso internacional: Juez 44 Penal del Circuito de Bogotá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Ese cargo lo ha desempeñado con respeto, dedicación y compromiso por la comunidad. Logró ubicarlo como el Juzgado más descongestionado de Bogotá, en el sistema penal acusatorio, y eso antes del juicio contra Uribe. Lo que demuestra su destacada labor desde siempre», resaltó alguien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese cargo, la jueza Heredia ha dado suficientes muestras de ecuanimidad y compromiso con la justicia. Como el proceso en el que emitió la primera condena por violencia policial en las manifestaciones sociales de septiembre del año 2020 en Bogotá. La jueza condenó a 10 años de prisión al patrullero de la Policía Nacional, John Antonio Gutiérrez, por el doble homicidio de Jaider Alexander Fonseca y Andrés Felipe Rodríguez, jóvenes que salieron a protestar por la recordada muerte de Javier Ordóñez, también a manos de policías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otros procesos, también se ha destacado el trabajo de Heredia Aranda en casos de contratación estatal, estafas masivas, concierto para delinquir, acceso carnal violento y feminicidio. A propósito, en Bogotá resaltan el interés que en el último tiempo ha mostrado la jueza tolimense por la violencia de género.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Ha convertido los derechos de las mujeres, los niños y las mujeres segregadas en una carta de batalla. Comenzó a participar en los concursos de sentencias con enfoque de género y se la ha calificado como sobresaliente», cuentan desde Bogotá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A pesar del vertiginoso ritmo laboral, la jueza nunca cesó de prepararse académicamente. También se formó como especialista en Derecho Constitucional y Administrativo, Ciencias Penales y Criminológicas y Derecho Procesal. Lo que muestra su vigente deseo de superación y su polifuncionalidad en el sistema judicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El Juicio del Siglo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En abril del año 2024, por reparto, le correspondió a la jueza Sandra Liliana Heredia el proceso que abrió la Fiscalía en contra del expresidente Álvaro Uribe Vélez por fraude procesal y soborno de testigos. Desde el principio, la jueza fue consciente de la gran responsabilidad que tenía en sus manos, al punto de solicitar que le suspendieran la asignación de nuevos procesos para poder darle celeridad y rigor al juicio del expresidente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A lo largo del juicio, la jueza tuvo que superar todo tipo de escollos. Desde tutelas que la acusaban de vulnerar el debido proceso al expresidente hasta aparentes intentos de dilatar el juicio. El riesgo de prescripción era inminente, pues en octubre de este 2025 el expresidente podría acceder al vencimiento de términos. Sin embargo, la jueza supo sortear todos los obstáculos y el juicio fluyó con sorprendente celeridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En más de una ocasión la jueza negó solicitudes de aplazamiento a última hora o recusaciones infundadas, por lo que la defensa del expresidente Uribe la &#8216;entuteló&#8217; en repetidas ocasiones, sin nunca conseguir sus objetivos. El Tribunal Superior de Bogotá siempre negó estas acciones y respaldó el trabajo imparcial de la jueza Heredia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aunque el expresidente Uribe y su equipo de abogados buscaron por todos los medios tumbar el juicio y eludir una sentencia, en apenas cinco meses la jueza dio trámite a las etapas más cruciales del juicio oral: la exposición de pruebas y testigos, y los alegatos de conclusión. Ahora solo falta por conocer el sentido del fallo, el cual se revelará el lunes 28 de julio.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Orgullo tolimense</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Más allá del fallo, quedarán para la historia del país los «regaños» de la jueza en medio del juicio. Como cuando le dijo en plena audiencia al expresidente Uribe: «Limítese a contestar lo que se le pregunta en el marco de la imputación, no vino a hacer aquí un discurso político, ni nos interesa su biografía». Frase que le dio la vuelta al país entero, por la muestra de gallardía que dio ante uno de los personajes más preponderantes de la política colombiana en su historia reciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por esas intervenciones y mucho más, Sandra Heredia supo representar con orgullo el carácter de la mujer tolimense. Ella dio muestras claras de que proviene de Alpujarra, tierra de grandes abogados. Fabio Ospitia Garzón, exmagistrado de la Corte Constitucional; Narcés Lozano Ospitia, presidente de la Sala Disciplinaria de la Procuraduría General de la Nación; Orlando Ospitia Garzón, exdirector del CTI; Alberto Hernández Esquivel, viceprocurador de la Nación; Pablo César Ospitia, magistrado auxiliar de la Sala Penal de la Corte Suprema: son todos nombres de grandes abogados alpujarreños, junto a los cuales ahora debe figurar en mayúsculas el de Sandra Liliana Heredia Aranda.</p>
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		<title>Alfonso Lugo, el escultor del Llano</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jul 2025 18:06:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Alfonso Lugo]]></category>
		<category><![CDATA[COLOMBIA PROFUNDA]]></category>
		<category><![CDATA[Escultor colombiano]]></category>
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					<description><![CDATA[En Mesetas, Meta, sobrevive una leyenda viva de la cultura popular. Alfonso Lugo Garzón, de 83 años, guarda en sus manos la memoria del territorio: entre cuerdas, madera y secretos enterrados. Por aquellos caminos polvorientos que cruzan el Llano profundo, llegó Alfonso Lugo en los años 70. Atrás quedaban las montañas de Topaipí, Cundinamarca, su [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>En Mesetas, Meta, sobrevive una leyenda viva de la cultura popular. Alfonso Lugo Garzón, de 83 años, guarda en sus manos la memoria del territorio: entre cuerdas, madera y secretos enterrados.</strong></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Por aquellos caminos polvorientos que cruzan el Llano profundo, llegó Alfonso Lugo en los años 70. Atrás quedaban las montañas de Topaipí, Cundinamarca, su tierra natal. Adelante, la promesa de nuevos horizontes. Con su guitarra al hombro y el alma abierta, recaló en Puerto Lleras como jornalero de campo. Pero el trabajo nunca opacó su verdadero oficio: compartir la música.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“En ese municipio conocí a un niño que era invidente. Entonces le dije: ‘Muchacho, ¿quiere aprender a tocar guitarra?’ Ese niño, al mes, ya era un experto tocando y me acompañaba en las interpretaciones”, recuerda don Alfonso con una sonrisa que guarda décadas de melodías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De allí, el camino lo llevó hasta Mesetas. La vida lo puso a sacar oro con un viejo minero, pero fue el resguardo indígena Lucía el que le dejó huella: allí enseñó a jóvenes a tocar guitarra. “Eso fue más o menos por los años de 1984”, cuenta con la claridad de quien talla la memoria con la misma precisión que trabaja la madera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El arte siempre estuvo de su lado. Cuando la violencia arreció y tuvo que abandonar Mesetas, recaló en Fuentedeoro, donde por nueve años dedicó sus días al tallado de figuras en madera. Allí, en el silencio de su taller, encontró otra forma de expresión: figuras, rostros, aves y paisajes comenzaron a brotar de sus manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, a sus 83 años, don Alfonso sigue empuñando el formón y la gubia con la misma alegría con la que rasgueaba su guitarra en las parrandas de antaño. Su historia está hecha de caminos recorridos a pie, de fiestas campesinas a la luz de la luna y de pasillos interpretados a medianoche, cuando los vecinos lo invitaban a cruzar dos o tres veredas solo para tocar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Eran otros tiempos. Buenos tiempos. Uno se sabía todos los pasillos viejos. Tocábamos hasta el amanecer”, dice mientras sus ojos se pierden en los recuerdos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no solo en su memoria se guardan esas vivencias. Alfonso ha plasmado en madera lo que otros solo han escuchado en cuentos: mapas imaginarios de tesoros ocultos, relatos de oro enterrado por comunidades ancestrales, y figuras que narran lo que las palabras no alcanzan a decir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por su aporte a la cultura y la historia del municipio, la Casa de la Cultura de Mesetas le entregó un reconocimiento como gestor cultural. Pero él no se queda con los títulos. Sueña con transmitir lo que sabe, con enseñar a otros a interpretar los sonidos de la tierra y a tallar en madera los silencios del alma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy día, su taller sigue vivo. Allí, entre virutas de madera y guitarras viejas, late el corazón del Llano. Y allí está él, don Alfonso Lugo Garzón, tallando con paciencia su legado.</p>
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		<title>En cada volante, una oración: la Virgen del Carmen guía los caminos de Colombia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Jul 2025 11:53:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[COLOMBIA PROFUNDA]]></category>
		<category><![CDATA[Paz total]]></category>
		<category><![CDATA[Virgen del Carmen]]></category>
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					<description><![CDATA[Desde Pasto hasta los rincones más olvidados de la geografía nacional, los conductores celebraron con caravanas, música y devoción a su patrona, la Virgen del Carmen. La fe se mantiene intacta en cada arranque de motor y en cada regreso seguro a casa. Amaneció con rezos. En cada terminal, en cada esquina donde se toma [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Desde Pasto hasta los rincones más olvidados de la geografía nacional, los conductores celebraron con caravanas, música y devoción a su patrona, la Virgen del Carmen. La fe se mantiene intacta en cada arranque de motor y en cada regreso seguro a casa.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Amaneció con rezos. En cada terminal, en cada esquina donde se toma el primer tinto, se escuchó una plegaria corta, sencilla, pero cargada de esperanza: «Virgencita del Carmen, condúcenos con bien.» En Pasto, como en tantas otras ciudades del país, los conductores celebraron con orgullo y alegría la fiesta de su patrona, una tradición que se conserva como si el tiempo no pasara y que recuerda que, para quienes viven en la carretera, la fe también es una forma de dirección.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las caravanas iniciaron desde temprano: buses adornados con globos, banderas y flores se desplazaron por las calles del sur hasta el centro de la ciudad. Algunos hacían sonar las bocinas como una forma de saludar al cielo, otros acompañaban el trayecto con música tradicional, y todos llevaban un mismo mensaje: gracias, Virgen del Carmen, por acompañar cada viaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jhonny Olmedo Guerrero, con más de 20 años al volante, no necesitó micrófono para expresar lo que sentía: “Este oficio se convirtió en mi vida. La Virgen me ha cuidado en cada curva, en cada tormenta, en cada madrugada donde el cansancio aprieta pero uno sigue, porque sabe que hay gente esperándolo”. Y como Jhonny, más de 400 conductores en Pasto revivieron, por un día, el orgullo de un oficio que a veces se olvida, pero que nunca deja de ser vital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta fiesta, que se celebra cada 16 de julio, no conoce fronteras. En Chocó, en Boyacá, en Antioquia y hasta en los pueblos polvorientos del Caribe, los conductores también detuvieron su jornada para rendir homenaje a su protectora. En parroquias humildes, en capillas improvisadas con lonas y sillas plásticas, se repitió el mismo ritual: una misa, una caravana, una canción, una vela encendida por los que se fueron y por los que aún siguen recorriendo las rutas del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Más allá de la celebración, este día es un acto de memoria. Es volver a creer, es agradecer por la vida prestada, por el trabajo digno y por los hijos que nos esperan en casa”, decía conmovida Mónica Enríquez, vocera de Autobuses del Sur, mientras repartía estampitas de la Virgen entre los conductores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque en Colombia, donde muchas veces la vida parece una carretera sin señales, hay quienes encuentran en la fe una forma de no perderse. Y en cada espejo retrovisor cuelga una imagen de la Virgen del Carmen, no como un adorno, sino como un recordatorio silencioso de que alguien vela por ellos en medio del polvo, la lluvia o el calor del asfalto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta fecha especial, Colombia entera se llenó de motores encendidos por la fe, bocinas que retumbaban como salmos y manos al volante que también saben persignarse. Porque donde va un conductor, va también una historia. Y en cada historia hay una mariposa que resiste, vuela y guía… incluso cuando el camino es cuesta arriba.</p>
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		<title>Vuelve al origen: una taza de memoria en Chaparral</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Jun 2025 15:00:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cafe colombiano]]></category>
		<category><![CDATA[Chaparral]]></category>
		<category><![CDATA[COLOMBIA PROFUNDA]]></category>
		<category><![CDATA[Tolima]]></category>
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					<description><![CDATA[Luis Mauricio Cacais dejó atrás la banca para honrar el legado de su abuela Bárbara, quien le enseñó que el verdadero valor del café no está en el grano, sino en la historia que lo acompaña. En las lomas de Chaparral, Tolima, cuando el sol apenas despertaba y el rocío humedecía las hojas de café, [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Luis Mauricio Cacais dejó atrás la banca para honrar el legado de su abuela Bárbara, quien le enseñó que el verdadero valor del café no está en el grano, sino en la historia que lo acompaña.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">En las lomas de Chaparral, Tolima, cuando el sol apenas despertaba y el rocío humedecía las hojas de café, la abuela Bárbara encendía el fogón. Sobre la callana de hierro tostaba los granos que ella misma había trillado en el pilón. El aroma, profundo y tibio, se mezclaba con las voces de los nietos corriendo entre cafetales. Luis Mauricio era uno de ellos. Aunque entonces no lo sabía, ese olor quedaría tatuado en su memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pasaron los años. Luis cambió la montaña por el traje, los juegos por reuniones y la finca por oficinas. Se convirtió en gerente financiero y recorrió despachos fríos de grandes ciudades. Pero algo le faltaba. Lo descubrió en un diplomado de turismo rural, cuando le hablaron del valor agregado de transformar la materia prima. Y ahí volvió todo: el pilón, la callana, el molino, la abuela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así nació Abuela Bárbara, un emprendimiento familiar con alma de tributo. No es solo café: es un relato tostado lentamente, una historia servida en taza. “Mi abuela tenía el punto exacto”, dice Luis Mauricio. “Cuando molíamos el café, alguno metía granos de más y tocaba desbaratar el molino. Pero ella nunca se enojaba. Solo nos enseñaba”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, Luis viaja por el país compartiendo su conocimiento. Enseña métodos como el chemex, la prensa francesa o el V60, pero sobre todo repite un mensaje con firmeza: “La ganancia está en transformar el café, no solo en venderlo en grano”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada vez que vuelve a su finca, entre montañas y cicatrices de la guerra, su abuela le habla en silencio. Él la escucha en el crepitar del fogón, en el humo que sube lento, y en cada sorbo que le recuerda por qué eligió volver.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su regreso a la raíz no ha sido solo personal. Abuela Bárbara se ha convertido en un punto de encuentro para campesinos que, como Luis Mauricio, buscan resignificar su historia. En talleres y encuentros, él no solo habla de métodos de extracción, sino de dignidad. Les recuerda que detrás de cada grano hay generaciones de saberes, manos curtidas por la tierra, y memorias que merecen ser contadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque al final, Abuela Bárbara no es solo una marca, es un acto de resistencia. Es la decisión de un nieto que eligió contar su historia desde la tierra, en lugar de olvidarla entre cifras. Es la certeza de que el café colombiano no se mide solo por su sabor, sino por la memoria que lo acompaña. Y en cada taza, la abuela vuelve.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Historia adaptada de Radio Nacional de Colombia</p>
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