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	<title>Historias &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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	<description>Cuando el autoperdon es parte de esa columna vertebral para trascender</description>
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	<title>Historias &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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		<title>Nacira, la mujer que tejía la memoria</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2026 14:44:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[COLOMBIA PROFUNDA]]></category>
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					<description><![CDATA[Entre los hilos de una hamaca, una mujer convirtió el dolor de la guerra en el lenguaje silencioso de la esperanza. Nacira Luz López Buelvas comenzó aquella entrevista con el fotógrafo lituano Vytenis Didzuilis sin imaginar que no sería una conversación de una tarde, sino un diálogo que tardaría más de dos años en terminar. [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><em>Entre los hilos de una hamaca, una mujer convirtió el dolor de la guerra en el lenguaje silencioso de la esperanza.</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Nacira Luz López Buelvas comenzó aquella entrevista con el fotógrafo lituano Vytenis Didzuilis sin imaginar que no sería una conversación de una tarde, sino un diálogo que tardaría más de dos años en terminar. Durante veinticuatro meses él volvió una y otra vez a verla tejer, a escucharla, a guardar silencios y a comprender que aquella hamaca de mil colores no era simplemente una artesanía: era un mapa de la memoria. Cada hilo que cruzaba sus manos llevaba escondido un nombre, una ausencia, una historia. Mientras el tejido crecía, también se iba destejiendo su vida, como si hubiera esperado durante décadas a alguien dispuesto a escucharla hasta el final.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Morroa, a pocos minutos de Sincelejo, el calor termina por desnudarlo todo. También el alma. Después de varios días de trabajo, Nacira comenzó a quitarse parte de la ropa para soportar las altas temperaturas mientras seguía moviendo el telar con la serenidad de quien conoce el lenguaje de los hilos. No había vergüenza en aquel gesto; había libertad. Era como si con cada prenda que dejaba a un lado también se desprendiera de un poco del miedo acumulado durante tantos años de guerra. Frente a Vytenis no estaba posando una mujer. Estaba sanando una sobreviviente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Montes de María aprendieron demasiado pronto el significado del silencio. Allí la guerra dejó casas vacías, caminos sembrados de miedo y familias partidas para siempre. La violencia convirtió los amaneceres en incertidumbre y las noches en un territorio donde cualquier ruido podía anunciar la tragedia. Muchas personas nunca regresaron. Otras regresaron distintas. Y hubo quienes comprendieron que el único camino posible para seguir viviendo consistía en recoger los pedazos de la comunidad y volver a unirlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso hicieron las mujeres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras los hombres cargaban muchas veces el peso de la confrontación o el destierro, fueron ellas quienes sostuvieron la vida cotidiana. Cocinaron para quienes quedaban, cuidaron a los niños que preguntaban por quienes nunca volverían, acompañaron los duelos que parecían interminables y, cuando el miedo comenzó a ceder, transformaron la palabra y el tejido en herramientas para reconstruir el territorio.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Descubrieron que una aguja también podía desafiar a la violencia y que una hamaca podía convertirse en un archivo de la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nacira entendió muy pronto que tejer era mucho más que fabricar un objeto. Era una manera de nombrar a los ausentes sin romperse, de abrazar el dolor sin dejarse consumir por él y de demostrar que la reparación comienza mucho antes de que aparezcan las instituciones. Empieza cuando alguien decide volver a confiar en el otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una Nacira habita el telar y otra se sienta en los círculos de palabra y memoria histórica. En ambos lugares es la misma mujer, pero habla idiomas distintos. En uno conversan las manos; en el otro lo hace la voz. Siempre pensando en las mujeres como el centro de la reconstrucción del tejido social de los Montes de María. Junto a lideresas como su hija Edilma Corrales y Soraya Bayuelo Castelar ha tejido, destejido y vuelto a tejer la esperanza, convencida de que incluso las heridas más profundas pueden encontrar una costura que las mantenga unidas. No desaparecen. Nunca desaparecen. Pero dejan de sangrar cuando alguien se atreve a compartirlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el tiempo, Vytenis también quedó atrapado en esa historia. En Lituania comenzaron a preguntarse por él. Decían que se lo había tragado la tierra. Nadie entendía por qué seguía regresando a Morroa. Algunos imaginaron que era la belleza de aquella mujer que tejía bajo el sol del Caribe. Otros pensaron que nunca había visto una hamaca con semejante explosión de colores. Ninguna explicación alcanzaba. Lo que realmente lo retenía eran los relatos de una mujer campesina que hablaba por cientos de mujeres. Comprendió que Nacira no representaba únicamente a Morroa, sino a los quince municipios que conforman los Montes de María, un territorio donde la guerra intentó romper la identidad colectiva y donde la memoria decidió responder con dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí nacieron iniciativas como El Mochuelo, el Museo Itinerante de la Memoria, que llevó las voces de las víctimas hasta las plazas de los pueblos; las cartografías del cuerpo y el territorio, donde las telas comenzaron a dibujar aquello que las palabras no alcanzaban a decir; y los archivos del dolor convertidos en esperanza, porque registrar la memoria también es una manera de impedir que la historia vuelva a repetirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conocí a Nacira gracias al proyecto&nbsp;<em>Voces en el Territorio</em>. Al principio nuestras conversaciones eran breves. Ella observaba más de lo que hablaba. Bastó compartir varios días en su casa, junto a Clara Téllez, para descubrir que su hospitalidad era otra forma de resistencia. Nos recibió con los sabores heredados de sus ancestros, con la generosidad de quien nunca perdió la capacidad de abrir la puerta, aun después de que la violencia intentara cerrarla para siempre. Hay personas que envejecen acumulando años. Nacira los ha convertido en sabiduría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado más de cinco años desde aquella visita y aún no he vuelto a Morroa. Sin embargo, sigo caminando ese territorio a través de las redes sociales y de las noticias del colectivo de mujeres que continúa organizando, año tras año, el Festival de la Luna.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada edición parece un milagro construido a pulso. Porque la memoria también necesita presupuesto, voluntades y manos dispuestas a trabajar cuando casi nadie mira. Detrás de cada escenario, de cada exposición y de cada tejido hay mujeres que hacen rifas, gestionan recursos, golpean puertas y se niegan a permitir que el olvido gane la batalla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso el reconocimiento que recibirá Nacira del Rosario Núñez Corralesdurante el Festival de la Luna tiene un significado que trasciende cualquier homenaje. No es solamente un premio para una artesana. Es el abrazo que un territorio le ofrece a una mujer que decidió convertir el dolor en un oficio de esperanza. Es el agradecimiento de un pueblo que comprendió que la paz también se construye alrededor de un telar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces pienso que Colombia debería parecerse más a una hamaca montemariana. En ella ningún hilo es idéntico al otro, ninguno ocupa el lugar del vecino y, sin embargo, todos son indispensables para sostener el peso de quien descansa. La reconciliación quizá no sea otra cosa que aprender a tejer de nuevo con quienes alguna vez compartieron el mismo territorio roto por la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando cae la noche sobre Morroa, mientras la luna vuelve a iluminar los telares y el viento mueve lentamente las hamacas, imagino a Nacira haciendo lo que mejor sabe hacer: cruzar un hilo más. Porque cada puntada es una victoria sobre el olvido. Porque mientras existan mujeres como ella, la memoria seguirá encontrando el camino de regreso a casa.</p>
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		<title>Las historias que heredamos sin darnos cuenta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Jun 2026 23:48:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Autoperdón]]></category>
		<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[cual es tu historia]]></category>
		<category><![CDATA[oscar vina pardo]]></category>
		<category><![CDATA[Paz total]]></category>
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					<description><![CDATA[Con frecuencia repetimos frases como: “así me enseñaron desde pequeño” o “en mi casa siempre se ha hecho de esa manera”. Pero, ¿hasta dónde estamos dispuestos a seguir repitiendo patrones sin cuestionarlos? Tal vez ha llegado el momento de revisar las historias que heredamos y decidir cuáles merecen continuar y cuáles debemos transformar. Una de [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Con frecuencia repetimos frases como: “así me enseñaron desde pequeño” o “en mi casa siempre se ha hecho de esa manera”. Pero, ¿hasta dónde estamos dispuestos a seguir repitiendo patrones sin cuestionarlos? Tal vez ha llegado el momento de revisar las historias que heredamos y decidir cuáles merecen continuar y cuáles debemos transformar.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Una de las actividades que realizo en mis talleres empresariales parte de una instrucción aparentemente sencilla. Les digo a los participantes que ganará más puntos el equipo que logre encestar una hoja de papel arrugada en una cesta ubicada a cinco metros de su puesto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Observo las reacciones. Entrego una hoja a la primera persona que muestra entusiasmo y ésta la lanza desde su silla. La siguiente persona hace exactamente lo mismo. Luego otra. Y otra más. Sin darse cuenta, todos han asumido que esa es la única manera de cumplir la tarea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces sucede algo interesante. Alguien se levanta de su silla, camina hasta la cesta y deposita la hoja en ella. Efectividad del cien por ciento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los comentarios no tardan en aparecer. Algunos se ríen. Otros protestan diciendo que así es demasiado fácil. Algunos más imitan la estrategia. Sin embargo, la instrucción nunca fue lanzar la hoja desde la distancia. Lo único que pedí fue introducir el papel en la cesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese pequeño ejercicio refleja una realidad que vivimos a diario. Con frecuencia aceptamos las reglas implícitas de la vida sin cuestionarlas. Damos por sentado que existe una única forma de actuar, de pensar o de resolver los problemas. Tragamos entero. Y en ese simplismo construimos patrones repetitivos que limitan nuestra capacidad de ver más allá de lo conocido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Somos como los caballos que llevan anteojeras y solo pueden mirar al frente. Caminan, avanzan e incluso corren, pero desconocen todo lo que existe a su alrededor. Algo similar ocurre con muchas de nuestras creencias familiares y personales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otro ejemplo que suelo compartir en los talleres es el del elefante que, siendo pequeño, es atado con una pesada cadena para impedir que escape. Durante sus primeros años intenta liberarse una y otra vez, pero no lo consigue. Con el tiempo deja de intentarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando crece, la cadena ya no representa ningún obstáculo real. Su fuerza sería suficiente para romperla sin esfuerzo. Sin embargo, permanece inmóvil porque sigue creyendo en la limitación que aprendió durante su infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Le resulta familiar esta historia?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cuántas veces hemos actuado como ese elefante?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cuántas veces hemos dicho: “yo soy así”, “en mi familia siempre se ha hecho así” o “eso no es para mí”, simplemente porque heredamos una creencia que nunca nos atrevimos a cuestionar?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esos patrones familiares que se repiten una y otra vez son parte de las herencias invisibles que recibimos. Algunas son valiosas y nos ayudan a crecer. Otras, en cambio, se convierten en cadenas emocionales que limitan nuestra capacidad de construir una vida propia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema aparece cuando estas lealtades invisibles gobiernan nuestras decisiones sin que siquiera seamos conscientes de ello. Heredamos historias de nuestras abuelas, bisabuelas, padres o madres. Adoptamos sus miedos, sus resentimientos, sus prejuicios e incluso sus sueños inconclusos. Y en ocasiones vivimos como si nuestro destino estuviera escrito de antemano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la vida siempre nos ofrece la posibilidad de elegir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde la reflexión, la contemplación, el amor y la gratitud podemos resignificar nuestra historia. Podemos honrar a quienes nos precedieron sin necesidad de repetir sus sufrimientos. Podemos agradecer sus enseñanzas sin cargar con sus heridas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de rechazar todo lo aprendido. Existen valores familiares que merecen ser conservados y transmitidos: el respeto, la solidaridad, la disciplina, la honestidad o la capacidad de amar. Pero también existen dolores, conflictos y enemistades que no nos pertenecen y que no estamos obligados a perpetuar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tampoco se trata de trasladar esas cargas a las nuevas generaciones. Nuestros hijos, nietos o descendientes merecen escribir su propia historia. Merecen equivocarse, aprender y descubrir su propio camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La invitación es a construir una vida desde la consciencia. A revisar esas lealtades familiares y preguntarnos cuáles nacen del amor y cuáles del miedo. A romper los ciclos que limitan nuestro crecimiento y fortalecer aquellos que nos ayudan a trascender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque al final, su historia es única.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nadie más puede vivirla por usted.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada experiencia, cada decisión y cada aprendizaje forman parte de un camino irrepetible que lo convierte en quien es hoy. Desde allí puede proyectarse hacia los demás, no como una copia de quienes lo precedieron, sino como un ser consciente que honra su pasado mientras construye su propio futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Su historia le pertenece.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aunque se entrelace con la de muchas otras personas, tiene un significado, unos aprendizajes y un propósito que solo usted puede descubrir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la Agenda del Autoperdón usted debe conectar tres conceptos centrales de su trabajo:&nbsp;<strong>las lealtades invisibles, la construcción de la historia personal y la posibilidad de resignificar el pasado sin renunciar al amor por quienes nos precedieron</strong>.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reitero mi pregunta:&nbsp;<strong>¿Cuál es tu historia?</strong>.</p>
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		<title>El día en que me morí</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 21:43:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[morir]]></category>
		<category><![CDATA[oscarvina pardo]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace 20 días recibí una llamada que me dejó frío. Era una amiga del colegio, con voz entrecortada: “¿Óscar?”. Al responderle, solo suspiró. Ahí empezó mi pequeña resurrección. La familia Viña es como el arroz en fiesta de pueblo: está en todas partes. Entre Atanivar y Narciso Viña, este último mi bisabuelo, se encargaron de [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Hace 20 días recibí una llamada que me dejó frío. Era una amiga del colegio, con voz entrecortada: “¿Óscar?”. Al responderle, solo suspiró. Ahí empezó mi pequeña resurrección.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La familia Viña es como el arroz en fiesta de pueblo: está en todas partes. Entre Atanivar y Narciso Viña, este último mi bisabuelo, se encargaron de poblar buena parte de Doima, Rovira y sus alrededores. Llevamos más de 130 años multiplicándonos como si fuéramos bendecidos por San Eugenio, patrono de la fertilidad tolimense.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que no es raro que cada tanto aparezca otro Viña en la historia&#8230; pero que me enterraran en vida, ¡eso sí fue nuevo!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo empezó un martes a las 3 de la tarde. Adriana Mora, amiga del colegio, me llamó con una voz tan temblorosa que pensé que estaba viendo una película de terror o se le había dañado el WiFi.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Oscar?, me dijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pues claro, ¿quién más, pendeja?, respondí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí soltó un grito que me dejó medio sordo y completamente vivo.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>¡Viñita, estás vivo! ¡Qué alegría!</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Me explicó que había visto un aviso en redes anunciando la muerte de un “Oscar Viña”. Como el segundo apellido no le cuadraba, prefirió llamar antes de llevar flores o ponerse a llorar viendo nuestras fotos del colegio Comfenalco de Ibagué.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de ella me llamaron otras dos personas. Y ya con el rumor bien avanzado, empecé a investigar. El fallecido era un Oscar Viña, sí, pero otro. Hermano de Gloria, a quien desde hace 13 años llamo prima, porque fue la primera vez que nos vimos, aunque nunca pregunté por el resto del combo familiar. El difunto tenía más de 70 años, y por lo que me contaron, fue un gran tipo. Bisnieto de Atanivar. Me alegra saber que el nombre quedó bien parado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, que me confundan es pan de cada día. Algunos me dicen Oscar Pardo, pensando que soy el candidato eterno al concejo o asamblea. Tengo que explicar que la única&nbsp;&nbsp;política que ejerzo es el movimiento Salvación por Mí, donde militan mis dudas, mis principios y ese caudillismo afectivo que uno construye entre amigos y gente buena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero este episodio de mi “muerte” me dejó pensando. Recordé una canción de los años 70 que dice: “No quiero flores cuando muera, las quiero ahora en mi jardín”. Y sí, yo también quiero mis margaritas vivas, no en ramos fúnebres. Quiero regar esas amistades que valen la pena, esas relaciones que dan sombra, aroma y hasta espinas&#8230; pero que son mías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me encantaría tener más tiempo para reencontrarme con los amigos del colegio, la universidad o de los trabajos por donde he andado, incluso con los de primaria. Pero los días parecen encogerse, y la vida nos arrastra como río crecido. Vivimos ocupados, pero rara vez presentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí está el detalle: si uno no riega su jardín, termina rodeado de maleza. Hay flores que cortan, otras que solo perfuman y muchas que ni se notan, como esos chats que dicen «Hola» y duran tres meses en visto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi jardín, como el de cada quien, necesita cariño, paciencia y decisión. No hay que cuidarlo por lo que digan los demás, sino por lo que uno quiere conservar para el resto de sus días.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que si un día escuchan que me morí, asegúrense de revisar el segundo apellido… y mientras tanto, mándenme un mensaje, un cafecito, un chisme. Porque todavía ando por aquí, regando lo que vale la pena, cantando, bailando y simulando que juego aun bien al baloncesto.</p>
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		<title>El día que fui pandillero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 21:39:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[buling]]></category>
		<category><![CDATA[oscar vina pardo]]></category>
		<category><![CDATA[redes sociales]]></category>
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					<description><![CDATA[Luis Arturo, mi hermano mayor; Carlos Pardo, mi primo; y yo formamos la pandilla más temida de un solo día: VIPAR. Aunque nuestra carrera llena de furia duró un recreo, resolvimos un problema que me quitaba el sueño&#8230; y el recreo Tenía apenas cuatro años y ya enfrentaba los grandes dilemas de la vida: cómo [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Luis Arturo, mi hermano mayor; Carlos Pardo, mi primo; y yo formamos la pandilla más temida de un solo día: VIPAR. Aunque nuestra carrera llena de furia duró un recreo, resolvimos un problema que me quitaba el sueño&#8230; y el recreo</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía apenas cuatro años y ya enfrentaba los grandes dilemas de la vida: cómo sobrevivir al curso de preparatorio en el Nuevo Liceo y a un compañerito abusivo. Mis socios del kínder, 18 meses mayores, eran mi respaldo.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">No exagero cuando digo que era un niño inquieto. Lo suficiente como para ganarme visitas regulares al cuarto oscuro de la institución. ¿Un trauma? Quizás. ¿Una aventura? Sin duda. Pero el verdadero desafío llegó cuando “Pedro” (nombre ficticio para proteger al ahora reformado) decidió que yo no merecía recreo ni amigos. ¡Una injusticia imperdonable!&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lleno de rabia, corrí a mi mamá en busca de apoyo. Su respuesta fue tan sabia como desconcertante:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Eso no es problema mío, ¡arréglalo ya!  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias, amada madre. Motivación pura y dura.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, nació VIPAR: “Viña Pardo”, un nombre que exudaba creatividad (o falta de ella). Con mi hermano y mi primo, planeamos nuestra vendetta. Les conté a los “grandes” todo lo que Pedro me hacía, quizás adornándolo un poquito para ganar su indignación.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Funcionó. Se llenaron de rabia por mí.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿El resultado? Un plan de acción digno de un thriller: Mi primo lo sujetó con firmeza por la espalda, mi hermano le dio dos precisos golpes en el estómago, y yo, el cerebro de la operación, observé con orgullo. Cuando Pedro quedó sin aire, mi hermano soltó la frase lapidaria:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Con mi hermano, no se mete.  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Y mi primo añadió con un toque dramático:&nbsp;&nbsp;</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Ya sabe lo que le puede pasar.  </li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">VIPAR había triunfado. La justicia había llegado al recreo. Y Pedro, ahora respetuoso, nunca más me molestó.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>De pandillas a reflexiones&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado años desde ese épico episodio de 1975, y algo está claro: no teníamos celulares, pero sí teníamos juego. Reíamos, peleábamos y nos reconciliábamos cara a cara.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, como padres y abuelos, debemos recordar la importancia de esos momentos reales, de las experiencias físicas y las emociones tangibles. Permitir que nuestros niños enfrenten desafíos, aprendan de&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">las derrotas y disfruten del triunfo.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que mi invitación es simple: dejemos que los niños sean niños. Menos pantallas y más parques, menos metaverso y más recreo. Tal vez no necesiten formar pandillas como VIPAR, pero sí desarrollar su carácter con juegos, risas y, por qué no, alguna que otra pequeña travesura.&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un mundo donde las redes sociales nos invitan a la conformidad, el verdadero crecimiento viene de las relaciones reales. Las anécdotas, como las de Pedro, nos enseñan que incluso los problemas de la infancia pueden transformarse en lecciones inolvidables.&nbsp;&nbsp;</p>
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		<title>“Mamá, ¿dónde están los juguetes?”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:57:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay canciones que no envejecen porque siguen tocando las mismas fibras del corazón. “Mamá, ¿dónde están los juguetes?” no solo anuncia la Navidad: también nos recuerda que detrás de estas fechas existen niños esperando esperanza, abrazos y pequeños milagros envueltos en papel regalo. Hay canciones que uno escucha con los oídos.Y otras que se escuchan [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que no envejecen porque siguen tocando las mismas fibras del corazón. “Mamá, ¿dónde están los juguetes?” no solo anuncia la Navidad: también nos recuerda que detrás de estas fechas existen niños esperando esperanza, abrazos y pequeños milagros envueltos en papel regalo.<br></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que uno escucha con los oídos.<br>Y otras que se escuchan directamente con el alma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Mamá, ¿dónde están los juguetes?” de&nbsp;Nieves Oropeza&nbsp;pertenece a ese segundo grupo. Desde niño esa canción me producía una mezcla extraña de tristeza, angustia y nostalgia. Bastaban los primeros acordes para imaginar a un niño mirando una ventana vacía mientras esperaba algo que quizás nunca iba a llegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y con el tiempo la canción duele distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando uno crece entiende que detrás de esa letra no hay únicamente música navideña. Hay pobreza, ausencias, desigualdad y miles de padres haciendo cuentas imposibles para no romper la ilusión de un hijo el 24 de diciembre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la Navidad también puede ser silenciosamente cruel para quienes no tienen cómo sostenerla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que en mi infancia recibir un regalo era motivo de gratitud genuina. No existía esa ansiedad moderna de comparar juguetes, celulares o marcas. Uno agradecía porque sabía que detrás de cada detalle había esfuerzo, sacrificio y amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego vino la adolescencia. Después la paternidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí entendí todavía más profundamente la canción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque no hay nada que apriete más el corazón que ver a un niño escribir su “cartica” al Niño Dios con la inocencia intacta, creyendo que el universo entero conspira para que su deseo llegue debajo del árbol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mientras los niños escriben sueños, muchos adultos hacen malabares económicos para no dejar morir la ilusión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Mamá, hoy me siento muy triste<br>Mamá, ¿el Niño no me quiere?”</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué frases tan simples… y qué golpe tan duro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque muchos niños terminan creyendo que no recibir un regalo tiene relación con portarse mal, con no ser suficientes o incluso con que dejaron de ser queridos por Dios, por la vida o por sus padres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí es donde la Navidad deja de ser únicamente celebración y se convierte también en responsabilidad humana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, cuando veo personas comprando regalos, bolsas y detalles navideños, lejos de criticar el consumo, siento alegría. Porque en medio de tantas noticias duras, guerras, crisis económicas y agotamiento emocional, también necesitamos espacios para celebrar, compartir y recordar que todavía existen motivos para sonreír.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Navidad no salva al mundo, claro está.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero sí puede salvar momentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una sonrisa.<br>Un abrazo.<br>Una cena compartida.<br>Un juguete inesperado.<br>Una bolsa de mercado entregada con amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pequeños actos que para algunos parecen mínimos y para otros significan absolutamente todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso esta canción hoy me despierta algo diferente: solidaridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya no escucho únicamente al niño triste de la letra. También pienso en las madres que intentan explicarle a sus hijos por qué este año el Niño Dios viene más golpeado económicamente que de costumbre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece una reflexión importante:<br>no esperemos hasta “el año que viene”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ayudemos ahora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existen campañas hermosas de recolección de juguetes, mercados, pañales y ropa para niños, adultos mayores y familias enteras que viven diciembre con más angustia que celebración.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no se necesita ser millonario para hacer diferencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces un detalle sencillo transforma completamente una Navidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un balón.<br>Una muñeca.<br>Un cuaderno.<br>Una novena compartida.<br>Un plato de comida caliente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo importante no es el tamaño del regalo, sino el mensaje silencioso que lleva dentro:<br>“no estás solo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la verdadera magia de diciembre no está únicamente en las luces, los villancicos o las fotografías familiares perfectas que vemos en redes sociales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La verdadera magia aparece cuando logramos devolverle esperanza a alguien más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entregar un juguete a través de una iglesia, una emisora, un barrio o una campaña solidaria puede parecer pequeño desde nuestra comodidad. Pero para un niño que espera ilusionado junto a una ventana, puede convertirse en un recuerdo imborrable para toda la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizás ahí radica precisamente el verdadero espíritu de la Navidad:<br>en creer nuevamente en la humanidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque mientras exista alguien dispuesto a compartir desde el corazón, siempre habrá esperanza de que el próximo diciembre llegue un poco menos triste para muchos hogares.</p>
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		<title>“Me cogieron en la hora boba”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:56:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
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					<description><![CDATA[Una única llamada puede poner en riesgo tu seguridad financiera. Los estafadores ya no improvisan: estudian, seducen y presionan emocionalmente. Por eso, antes de entregar cualquier dato, cuelgue y devuelva la llamada a los números oficiales del banco. Dicen que todos tenemos una “hora boba”. Ese instante del día donde el cansancio, el afán o [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Una única llamada puede poner en riesgo tu seguridad financiera. Los estafadores ya no improvisan: estudian, seducen y presionan emocionalmente. Por eso, antes de entregar cualquier dato, cuelgue y devuelva la llamada a los números oficiales del banco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicen que todos tenemos una “hora boba”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese instante del día donde el cansancio, el afán o la distracción nos vuelven más vulnerables. Y ahí, justamente ahí, aparecen los amigos de lo ajeno convertidos ahora en actores de call center emocional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mí me encontraron manejando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era la 1:30 de la tarde. Había terminado la jornada laboral de la mañana y conducía tranquilo usando manos libres cuando entró una llamada aparentemente normal. La voz femenina al otro lado sonaba amable, profesional y peligrosamente convincente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Señor Óscar Viña Pardo, buenas tardes. Mi nombre es Yolanda Monterrosa, funcionaria del banco XXXX, código de empleada XXXXX…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí empezó el teatro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mujer sabía mi nombre completo, el tipo de tarjeta que tenía y hasta los últimos números del plástico. Eso automáticamente le baja a uno las defensas porque el cerebro piensa:<br>“Si sabe tanto, debe ser real”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Error.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los estafadores modernos ya no trabajan solamente desde la improvisación. Hoy tienen bases de datos, estudian perfiles y manejan técnicas psicológicas muy bien estructuradas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La supuesta funcionaria me explicó que el banco me otorgaría un beneficio para eliminar la cuota de manejo de la tarjeta de crédito. Y claro, como colombiano promedio que ha sufrido cuotas de manejo más caras que un almuerzo ejecutivo, inmediatamente presté atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Hace unas semanas usted solicitó este beneficio…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y peor todavía: era cierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí fue cuando entendí que los delincuentes ya no pescan con atarraya sino con arpón quirúrgico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conversación siguió avanzando de manera impecable. Me dictó un supuesto número de radicado, me habló de protocolos de seguridad y empezó a repetir algo muy inteligente:<br>—Recuerde que usted no debe entregar información por teléfono…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y justamente usando esa frase lograban generar confianza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estrategia era brillante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No me pedían decir datos sensibles directamente. Querían que digitara la fecha de vencimiento de la tarjeta en el teclado del celular mientras seguía la llamada activa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otras palabras:<br>me estaban sacando la información sin que yo sintiera que la estaba entregando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece algo clave en estas estafas:<br>el cerebro entra en piloto automático.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno va manejando, pensando en mil cosas, escuchando una voz segura y sintiendo que está resolviendo un trámite cotidiano. Poco a poco el estafador toma el control emocional de la conversación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso fue exactamente lo que me pasó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un semáforo en rojo abrí el teclado y marqué la fecha de vencimiento de la tarjeta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando la supuesta asesora me dijo:<br>—No quedó registrado, por favor marque doble numeral y vuelva a intentarlo…</p>



<p class="wp-block-paragraph">algo dentro de mí hizo clic.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La intuición también tiene voz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le dije entonces que iba manejando y que me llamara veinte minutos después. Colgué, respiré profundo y empecé a pensar la situación con cabeza fría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí entendí que me habían cogido en la famosa hora boba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tomé inmediatamente el teléfono y llamé directamente al banco a través de sus líneas oficiales. La respuesta fue contundente:<br>esa llamada no provenía de la entidad financiera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tuve que bloquear la tarjeta de inmediato.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí comenzó otro capítulo de la película.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los intentos de compra empezaron a llegar por mensajes de texto. Luego vinieron nuevas llamadas desde otros números. Los delincuentes insistían con la misma estrategia, como vendedores agresivos de planes vacacionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta que un día me agarraron de mejor humor… o peor humor, depende cómo se mire.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Les recordé cariñosamente a la mamá, la abuelita y parte del árbol genealógico. Y aunque no es precisamente un protocolo financiero recomendado por la Superintendencia Bancaria, debo admitir que funcionó emocionalmente bastante bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La experiencia me dejó varias reflexiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera: nadie está completamente exento de caer. Los estafadores trabajan precisamente sobre nuestras distracciones, necesidades y emociones. Y diciembre, con compras, primas, cansancio y afanes, es temporada alta para ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda: la información personal vale oro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con apenas unos cuantos datos logran construir conversaciones tan creíbles que cualquier persona puede terminar entregando información sensible sin darse cuenta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la tercera: cuando algo genere duda, cuelgue.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así de simple.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No importa si la llamada parece profesional, si saben datos personales o si lo hacen sentir importante. Ningún banco serio le pedirá claves completas, códigos de seguridad o datos sensibles a través de llamadas improvisadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La recomendación sigue siendo la misma:<br>cuelgue y devuelva la llamada a los teléfonos oficiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque en la “hora boba” todos podemos convertirnos en protagonistas involuntarios de una película financiera de terror.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y créanme:<br>es mejor perder cinco minutos verificando… que varios millones lamentándose después.</p>
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		<title>Alguien nos mira desde arriba</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:54:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
		<category><![CDATA[Oscar vina]]></category>
		<category><![CDATA[OVNIS]]></category>
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					<description><![CDATA[Yo vi un OVNI… y al otro día salieron a decir que era Venus. Lo curioso es que años después el mismo Pentágono terminó reconociendo que existen fenómenos aéreos que todavía no logran explicar. Así que, mientras los expertos discuten, yo sigo creyendo que no estamos tan solos como pensamos. Por Óscar Viña Pardo La [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Yo vi un OVNI… y al otro día salieron a decir que era Venus. Lo curioso es que años después el mismo Pentágono terminó reconociendo que existen fenómenos aéreos que todavía no logran explicar. Así que, mientras los expertos discuten, yo sigo creyendo que no estamos tan solos como pensamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Por Óscar Viña Pardo</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">La pandemia tuvo cosas muy extrañas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además del pan artesanal, las videollamadas eternas y los vecinos convertidos en epidemiólogos profesionales, también nos devolvió algo que habíamos perdido hacía años: el tiempo para mirar el cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En pleno encierro del 2020, cuando las noches parecían más silenciosas y las familias todavía se reunían en los balcones a conversar, tuve la oportunidad de ver algo que hasta hoy sigo sin poder explicar completamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O mejor dicho: algo que otros intentaron explicarme demasiado rápido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era el 12 de abril. Estábamos con mi esposa y algunos vecinos observando las estrellas cuando apareció un objeto extraño moviéndose en el cielo. No era un avión común. No parecía estrella. Tampoco helicóptero. Y como buen colombiano en tiempos de pandemia, saqué inmediatamente el celular para grabar antes de que desapareciera o antes de que el internet se cayera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La emoción fue colectiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminamos buscando mejor ángulo, subiéndose algunos hasta en escalera, señalando el cielo como quien descubre el penalti que el árbitro no vio en una final del fútbol colombiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo, emocionado como niño con juguete nuevo, publiqué el video en Facebook.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí empezó el verdadero fenómeno paranormal:<br>las redes sociales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El video se volvió tendencia rápidamente. Comentarios iban y venían. Unos juraban que era una nave extraterrestre. Otros aseguraban que era una conspiración mundial. Algunos más decían que seguramente eran drones chinos vigilando la cuarentena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y claro… también aparecieron los expertos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al otro día un medio de comunicación entrevistó a un astrónomo —o astrólogo, porque en este país a veces mezclamos telescopios con horóscopos— quien fue contundente:<br>—Eso no es un OVNI. Es Venus.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y yo quedé como el hombre que confundió un planeta con una invasión alienígena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Confieso que durante unos segundos dudé de mí mismo. Porque claro, uno no va a pelear fácilmente con alguien que lleva años mirando el cielo por telescopio y hablando con palabras técnicas imposibles de pronunciar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la vida da vueltas curiosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años después, el mismísimo&nbsp;Pentágono&nbsp;terminó reconociendo públicamente que existen fenómenos aéreos no identificados que siguen siendo investigados oficialmente por el gobierno estadounidense.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O sea: no estaba tan loco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo único que cambió fue el nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes eran OVNIS, Objetos Voladores No Identificados. Ahora, para que el asunto suene más elegante y menos de película barata de los años ochenta, se llaman FANI:<br>Fenómenos Anómalos No Identificados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mire usted cómo la humanidad resuelve las cosas:<br>cambiándole las siglas al misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí creo que estuvo parte del problema con muchos expertos durante décadas. Existía un discurso casi obligatorio donde hablar de extraterrestres era automáticamente sinónimo de locura, conspiración o exceso de televisión nocturna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero poco a poco el tema dejó de ser exclusivo de fanáticos y comenzó a entrar en escenarios oficiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pilotos militares reportando avistamientos. Videos desclasificados. Testimonios bajo juramento en el Congreso estadounidense. Y hasta oficinas especializadas creadas por el gobierno para investigar estos fenómenos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El director de la Oficina de Resolución de Anomalías del Pentágono,&nbsp;Sean Kirkpatrick, reconoció que se investigaban centenares de casos relacionados con fenómenos aéreos no identificados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí sí nadie salió a decir que todos estaban viendo Venus.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de los testimonios más llamativos fue el del ex piloto militar&nbsp;Ryan Graves, quien habló públicamente sobre el miedo que muchos pilotos sienten al reportar estos avistamientos por temor al ridículo o a consecuencias profesionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el gran problema del tema OVNI nunca ha sido únicamente científico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También ha sido cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos enseñaron a burlarnos rápidamente de aquello que no entendemos. Y aunque claro que existen exageraciones, montajes y personas que ven extraterrestres hasta en una arepa quemada, también es cierto que el universo sigue siendo demasiado inmenso para creer ingenuamente que somos los únicos habitantes inteligentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O bueno… inteligentes a veces.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque viendo cómo nos comportamos en redes sociales, quizás los extraterrestres llevan años observándonos y todavía no se animan a hacer contacto oficial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sinceramente los entiendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras tanto, yo sigo recordando aquella noche de pandemia donde los vecinos celebrábamos aquel avistamiento como si Colombia hubiera clasificado a otra Copa del Mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez era Venus.<br>Tal vez no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero lo cierto es que desde entonces miro el cielo distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque hay preguntas que todavía no tienen respuesta. Y quizás ahí radica precisamente su encanto: en permitirnos seguir imaginando que allá arriba, entre estrellas y silencios, alguien también podría estar preguntándose si existe vida inteligente en la Tierra.</p>
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		<title>A meditar se dijo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:49:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[meditacion]]></category>
		<category><![CDATA[Oscar vina]]></category>
		<category><![CDATA[perdon]]></category>
		<category><![CDATA[tranquilidad]]></category>
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					<description><![CDATA[Vivimos agotados intentando controlar a los demás, defendiendo nuestra verdad y reaccionando a un mundo acelerado que nos desconectó de lo esencial. Quizás el verdadero desafío de este tiempo sea aprender a detenernos, escucharnos y volver a habitar el presente desde la conciencia. Estamos cansados. No solamente físicamente. Hay un agotamiento más profundo, silencioso y [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Vivimos agotados intentando controlar a los demás, defendiendo nuestra verdad y reaccionando a un mundo acelerado que nos desconectó de lo esencial. Quizás el verdadero desafío de este tiempo sea aprender a detenernos, escucharnos y volver a habitar el presente desde la conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos cansados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No solamente físicamente. Hay un agotamiento más profundo, silencioso y difícil de explicar que se siente en la forma como reaccionamos, discutimos y convivimos. Vivimos acelerados, irritables y emocionalmente saturados, como si el alma estuviera funcionando permanentemente en modo supervivencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizás el problema más grande es que creemos que todo se resuelve teniendo la razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Queremos controlar al otro. Convencerlo. Imponer nuestra mirada. Ganar discusiones. Sentir que nuestra verdad vale más que la del vecino, la pareja, el amigo o el compañero de trabajo. Y en ese intento permanente por dominar emocionalmente las conversaciones, terminamos perdiendo algo mucho más importante: la capacidad de escucharnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es la razón… y otra muy distinta el corazón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La razón organiza, analiza y estructura. El corazón conecta, comprende y humaniza. Y cuando ambas dimensiones dejan de dialogar, entramos en una especie de limbo emocional donde todo pesa demasiado: el trabajo, las redes sociales, las noticias, los conflictos familiares y hasta las pequeñas decisiones cotidianas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos reaccionando más que viviendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las redes sociales profundizaron todavía más esa desconexión. Nos acostumbramos a discutir desde pantallas, a opinar compulsivamente y a medir nuestro valor emocional según la cantidad de reacciones digitales. Entramos a plataformas buscando distraernos unos minutos y terminamos emocionalmente drenados dos horas después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La hiperconexión nos desconectó de nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso muchas personas hoy sienten ansiedad constante, agotamiento mental y una extraña sensación de vacío incluso cuando aparentemente todo marcha bien. Nos cuesta concentrarnos. Dormimos peor. Disfrutamos menos. Perdimos la capacidad de permanecer plenamente en un instante sin revisar el celular cada pocos minutos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es donde la meditación comienza a cobrar sentido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hablo únicamente de sentarse en posición de loto o repetir mantras orientales. Hablo de detenernos conscientemente. Respirar. Escucharnos. Volver al presente. Reconectar con aquello que nos da calma y propósito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Meditar también puede ser caminar en silencio.<br>Escuchar el viento.<br>Tomarse un café sin afán.<br>Mirar a los ojos a quien amamos.<br>Agradecer antes de dormir.<br>Comer sin estar viendo el celular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pequeños actos que parecen simples, pero que hoy resultan profundamente revolucionarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cotidianidad moderna nos fue alejando de lo esencial. Ya no disfrutamos las pequeñas cosas porque vivimos pensando en lo siguiente: la próxima reunión, el próximo problema, la próxima deuda, la próxima publicación o el próximo conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mientras tanto, la vida ocurre sin que la habitemos realmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso necesitamos volver a lo básico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la naturaleza.<br>A los silencios.<br>A los vínculos reales.<br>A los alimentos que nutren y no solo llenan.<br>A las conversaciones donde no todo sea competencia o debate.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuerpo también refleja esa desconexión. Lo que comemos, lo que consumimos emocionalmente y la manera como pensamos terminan impactando nuestra energía diaria. Hay personas que despiertan cansadas porque llevan años alimentándose de estrés, miedo y discusiones permanentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso comenzar el día desde el agradecimiento cambia tanto la percepción de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Despertar y agradecer no soluciona mágicamente los problemas, pero sí modifica la manera como nos relacionamos con ellos. La mente empieza a trabajar desde otra frecuencia emocional. Y aunque parezca un concepto abstracto, quienes practican hábitos de conciencia terminan desarrollando más serenidad frente al caos cotidiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me gusta pensar entonces en el concepto del “Co-razón”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con razón.<br>Pero también con corazón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es decir, construir desde el entendimiento y no desde la imposición. Escuchar sin necesidad de vencer al otro. Reconocer que existen múltiples caminos y que no toda diferencia debe terminar en confrontación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué distinto sería el mundo si aprendiéramos a conversar sin necesidad de destruirnos emocionalmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claro, escribir esto parece mucho más fácil que practicarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el verdadero cambio no ocurre leyendo frases bonitas ni compartiendo mensajes inspiradores en redes sociales. El cambio ocurre cuando convertimos esos principios en hábitos cotidianos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí está la dificultad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Meditar no es escapar de la realidad. Es aprender a vivirla con mayor conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso este trabajo comienza siempre desde adentro. No desde el egoísmo, sino desde la necesidad de armonizarnos primero para poder entregar algo distinto a quienes nos rodean.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una persona emocionalmente rota difícilmente puede transmitir paz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los invito entonces a hacer el ejercicio en casa. Con la pareja. Con los hijos. Con los abuelos. Con los amigos. Aprender a escucharnos nuevamente. A respirar antes de reaccionar. A compartir espacios donde no todo esté mediado por pantallas, afanes o discusiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque quizás el verdadero desafío de este tiempo no sea producir más ni correr más rápido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez el verdadero desafío sea volver a sentirnos humanos.</p>
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		<title>La responsabilidad de los medios en la transmisión de hechos dolorosos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:48:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[como estamos cubriendo las noticias de dolor]]></category>
		<category><![CDATA[oscar vina pardo]]></category>
		<category><![CDATA[responsabilidad medios comunicacion]]></category>
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					<description><![CDATA[Lo ocurrido esta semana en Ibagué, donde algunos medios volvieron a transmitir en directo un hecho doloroso ocurrido en el Puente de la Vida, obliga a reflexionar sobre el verdadero papel del periodismo. Las métricas y los “me gusta” no pueden estar por encima de la ética, la salud mental y la vida humana. Por [&#8230;]]]></description>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Lo ocurrido esta semana en Ibagué, donde algunos medios volvieron a transmitir en directo un hecho doloroso ocurrido en el Puente de la Vida, obliga a reflexionar sobre el verdadero papel del periodismo. Las métricas y los “me gusta” no pueden estar por encima de la ética, la salud mental y la vida humana.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Por Óscar Viña Pardo</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada vez que ocurre un hecho doloroso en una ciudad, especialmente relacionado con suicidio, tragedias familiares o violencia extrema, pareciera activarse una carrera silenciosa entre algunos medios y creadores de contenido: quién transmite primero, quién consigue más vistas y quién logra más reacciones en redes sociales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es donde el periodismo comienza a perder su esencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo ocurrido esta semana en Ibagué, cuando algunos medios decidieron transmitir en vivo una situación crítica ocurrida en el llamado Puente de la Vida, no puede repetirse. No se trata de censurar la información ni de esconder la realidad. Se trata de comprender que existen límites éticos que no deberían cruzarse, especialmente cuando hay vidas humanas y salud mental involucradas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es informar y otra muy diferente convertir el dolor ajeno en espectáculo digital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las redes sociales transformaron profundamente el oficio periodístico. Hoy las métricas parecen gobernarlo todo: clics, compartidos, comentarios y reproducciones en tiempo real. La presión por generar tráfico muchas veces termina desplazando preguntas fundamentales:<br>¿Esto aporta?<br>¿Esto protege?<br>¿Esto ayuda socialmente?<br>¿O simplemente alimenta el morbo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando el periodismo deja de hacerse esas preguntas, entra en una zona peligrosísima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las secretarías de salud, organizaciones internacionales y expertos en salud mental llevan años insistiendo en la necesidad de capacitar a periodistas y medios sobre el manejo responsable de noticias relacionadas con suicidio. Sin embargo, seguimos cayendo en los mismos errores: transmisiones en directo, descripciones innecesarias, especulaciones y titulares emocionalmente explosivos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo más preocupante es que no dimensionamos el impacto que puede tener esa cobertura sobre personas vulnerables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La&nbsp;Organización Mundial de la Salud&nbsp;ha sido clara al advertir sobre el llamado “efecto contagio” o “efecto Werther”, fenómeno que explica cómo ciertas coberturas mediáticas pueden aumentar conductas imitativas relacionadas con el suicidio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El término nace a partir de la novela&nbsp;<em>Las penas del joven Werther</em>, de&nbsp;Johann Wolfgang von Goethe, cuya publicación provocó en el siglo XVIII múltiples suicidios imitativos en Europa. Décadas más tarde, fenómenos similares ocurrieron tras la muerte de figuras públicas como&nbsp;Marilyn Monroe, ampliamente documentados por investigadores y teóricos de la comunicación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El epistemólogo&nbsp;Juan José García Noblejas&nbsp;abordó precisamente esos impactos mediáticos, advirtiendo cómo la repetición constante de ciertos relatos puede influir emocionalmente en personas predispuestas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también existe otra posibilidad desde el periodismo: el llamado “efecto Papageno”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El nombre proviene del personaje de&nbsp;La flauta mágica, quien desiste de quitarse la vida cuando encuentra alternativas y acompañamiento emocional. A partir de este concepto, investigadores como&nbsp;Thomas Niederkrotenthaler&nbsp;demostraron que una cobertura responsable, enfocada en prevención, acompañamiento y superación de crisis, puede tener un efecto protector en la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está quizás la gran responsabilidad contemporánea de los medios:<br>no amplificar el dolor, sino construir esperanza y prevención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El&nbsp;El País, en su libro de estilo, es contundente al señalar que los periodistas deben ser especialmente prudentes frente a informaciones relacionadas con suicidios. Recomienda evitar detalles explícitos, especulaciones y coberturas innecesarias, justamente para reducir el riesgo de imitación y proteger emocionalmente tanto a familiares como a audiencias vulnerables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece otra dimensión que muchas veces olvidamos:<br>las víctimas indirectas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Detrás de cada tragedia hay padres, hermanos, hijos, amigos y niños que después tendrán que convivir no solo con el dolor de la pérdida, sino también con videos circulando eternamente en internet, comentarios crueles y transmisiones que convierten uno de los peores momentos de una familia en contenido viral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El dolor no debería monetizarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que la lógica digital premia emocionalmente el impacto inmediato. Entre más fuerte la imagen, más interacciones genera. Entre más dramática la transmisión, mayor alcance obtiene. Y algunos medios terminan atrapados en esa dinámica donde el algoritmo comienza a decidir la agenda ética.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el periodismo no puede ser únicamente una carrera por la atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El periodismo también debe formar, orientar y proteger.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso vale la pena insistir en algunas precauciones básicas que siguen vigentes:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Evitar explicaciones simplistas o especulativas sobre las causas de una tragedia.</li>



<li>No romantizar ni justificar el suicidio asociándolo con honor, valentía o solución.</li>



<li>No describir métodos ni detalles explícitos.</li>



<li>Pensar siempre en el impacto emocional sobre familiares y audiencias vulnerables.</li>



<li>Priorizar información de ayuda, rutas de atención y mensajes preventivos.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Porque detrás de una pantalla puede existir alguien atravesando silenciosamente una crisis emocional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y una transmisión irresponsable puede convertirse en detonante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como periodista, este tema me duele profundamente. No porque crea que debamos ocultar la realidad, sino porque creo firmemente que el periodismo tiene una enorme responsabilidad social en momentos de dolor colectivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Informar no puede significar deshumanizar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos medios más conscientes de su poder, más responsables con sus narrativas y menos esclavos de las métricas digitales. Porque cuando el “me gusta” pesa más que la vida humana, el periodismo deja de servirle a la sociedad y empieza a servirle únicamente al algoritmo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí perdemos todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es informar por informar… y otra muy distinta informar para formar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Mi madre al final tenía razón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:41:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Autoperdón]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Facr]]></category>
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					<description><![CDATA[Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela llamada vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su nombre no importa.<br>Su historia sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a mi trabajo como periodista tuve la oportunidad de sentarme frente a frente con un reincorporado en los Montes de María, un hombre que años atrás perteneció a las Farc y que ahora intentaba construir una nueva vida desde la legalidad, aferrado a proyectos productivos y a la esperanza de no volver a la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debo reconocerlo: la sangre me hirvió durante unos segundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos quizás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos donde regresaron imágenes, silencios y recuerdos relacionados con la muerte de mi hermano mayor,&nbsp;Luis Arturo Viña Pardo, quien falleció hace más de once años tras la explosión de un artefacto en el Cañón del Combeima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero después ocurrió algo inesperado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a aquel hombre hablar sobre sus errores, sus búsquedas y sus nuevas luchas, recordé el proceso profundo que vivimos como familia liderados por mi madre,&nbsp;Gloria Inés Pardo Rodríguez. Un proceso doloroso, silencioso y humano donde entendimos que el perdón no consiste en justificar el daño recibido, sino en decidir que el odio no siga gobernando nuestra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el duelo no es olvidar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El duelo, como dicen algunos especialistas, es aprender a recordar sin que el dolor destruya el alma cada vez que aparece la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí estaba yo, escuchando a un hombre que alguna vez hizo parte de una guerra absurda que desangró al país durante décadas. Pero ya no veía únicamente al excombatiente. Veía también al ser humano intentando reconstruirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa desconocer el dolor de las víctimas ni minimizar la tragedia de miles de familias colombianas. Significa comprender que el odio permanente también termina enfermando a quien lo carga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre lo entendió mucho antes que nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella repetía constantemente algo que hoy cobra más sentido que nunca:<br>“Somos lo que decidimos alimentar dentro del corazón”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso el proceso de perdón dentro de nuestra familia no nació desde el olvido, sino desde la conciencia. Comprendimos que si seguíamos viviendo desde la rabia, el resentimiento y la venganza, terminaríamos transmitiendo ese dolor de generación en generación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas que hoy también comparto en la&nbsp;<em>Agenda del Perdón: ¿Cuál es tu historia?</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos cargamos heridas invisibles.<br>Todos tenemos ausencias.<br>Todos venimos de historias familiares complejas.<br>Pero también todos tenemos la posibilidad de resignificar aquello que vivimos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La agenda nace precisamente de esa necesidad de volver a mirarnos por dentro, de escribir nuestra historia con honestidad y de entender que el perdón empieza muchas veces por nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque hay personas que pasan la vida entera culpando a otros de su dolor sin darse cuenta de que siguen atrapadas emocionalmente en aquello que no logran sanar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no hablo únicamente del conflicto armado. Hablo de padres ausentes, relaciones destructivas, abandonos, traiciones, violencias silenciosas y palabras que dejaron marcas profundas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una frase de mi libro&nbsp;Recuerda que Nada es Personal&nbsp;hoy vuelve a tomar fuerza:<br>“Todos somos maestros y todos somos alumnos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué frase tan sencilla… y qué verdad tan profunda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El reincorporado que tuve enfrente fue maestro para mí esa tarde. Me recordó que el ser humano sí puede cambiar. Que incluso después de la oscuridad existe posibilidad de reconstrucción. Y quizá yo también fui maestro para él desde la escucha, desde la mirada sin odio y desde la posibilidad de reconocerlo nuevamente como persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vida funciona así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aprendemos unos de otros constantemente. A veces desde el amor. Otras veces desde el dolor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escritora&nbsp;Robin Norwood, en su libro&nbsp;<em>¿Por qué a mí?</em>, plantea algo profundamente revelador: muchas enfermedades emocionales y físicas tienen relación con heridas internas no resueltas. Y aunque cada persona interpreta estas ideas desde su propia experiencia, sí existe algo evidente: vivir atrapados en el resentimiento termina deteriorando nuestra manera de habitar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El odio consume.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El perdón, en cambio, libera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no porque mágicamente desaparezca el sufrimiento, sino porque deja de gobernar nuestra existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos se quedan instalados en la rabia permanente. Y entonces la vida comienza a repetirles las mismas lecciones una y otra vez. Cambian los escenarios, cambian las personas, pero el conflicto interno sigue intacto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, sin títulos académicos sobre inteligencia emocional ni discursos sofisticados, entendía algo esencial: las palabras dichas desde el corazón tienen poder transformador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella no negaba el dolor.<br>No escondía las lágrimas.<br>Pero tampoco permitía que el resentimiento se volviera dueño de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy comprendo que fue una gran maestra para todos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La procesión de las ausencias sigue existiendo, claro. Hay heridas que nunca desaparecen del todo. Hay fechas que todavía aprietan el pecho. Pero también existen momentos reveladores donde uno entiende que quienes partieron siguen enseñándonos incluso desde el recuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso ocurrió aquella tarde en Montes de María.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a ese hombre hablar de paz, trabajo y futuro, sentí que abrazaba simbólicamente a todos mis muertos. Y entendí algo profundamente humano: perdonar no es absolver al otro; es dejar de condenarse uno mismo a vivir eternamente en la guerra interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, al final, tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Somos lo que decidimos ser.</p>
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