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	<title>perdon &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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	<description>Cuando el autoperdon es parte de esa columna vertebral para trascender</description>
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		<title>A meditar se dijo</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:49:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Vida cotidiana]]></category>
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					<description><![CDATA[Vivimos agotados intentando controlar a los demás, defendiendo nuestra verdad y reaccionando a un mundo acelerado que nos desconectó de lo esencial. Quizás el verdadero desafío de este tiempo sea aprender a detenernos, escucharnos y volver a habitar el presente desde la conciencia. Estamos cansados. No solamente físicamente. Hay un agotamiento más profundo, silencioso y [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Vivimos agotados intentando controlar a los demás, defendiendo nuestra verdad y reaccionando a un mundo acelerado que nos desconectó de lo esencial. Quizás el verdadero desafío de este tiempo sea aprender a detenernos, escucharnos y volver a habitar el presente desde la conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos cansados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No solamente físicamente. Hay un agotamiento más profundo, silencioso y difícil de explicar que se siente en la forma como reaccionamos, discutimos y convivimos. Vivimos acelerados, irritables y emocionalmente saturados, como si el alma estuviera funcionando permanentemente en modo supervivencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizás el problema más grande es que creemos que todo se resuelve teniendo la razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Queremos controlar al otro. Convencerlo. Imponer nuestra mirada. Ganar discusiones. Sentir que nuestra verdad vale más que la del vecino, la pareja, el amigo o el compañero de trabajo. Y en ese intento permanente por dominar emocionalmente las conversaciones, terminamos perdiendo algo mucho más importante: la capacidad de escucharnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es la razón… y otra muy distinta el corazón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La razón organiza, analiza y estructura. El corazón conecta, comprende y humaniza. Y cuando ambas dimensiones dejan de dialogar, entramos en una especie de limbo emocional donde todo pesa demasiado: el trabajo, las redes sociales, las noticias, los conflictos familiares y hasta las pequeñas decisiones cotidianas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos reaccionando más que viviendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las redes sociales profundizaron todavía más esa desconexión. Nos acostumbramos a discutir desde pantallas, a opinar compulsivamente y a medir nuestro valor emocional según la cantidad de reacciones digitales. Entramos a plataformas buscando distraernos unos minutos y terminamos emocionalmente drenados dos horas después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La hiperconexión nos desconectó de nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso muchas personas hoy sienten ansiedad constante, agotamiento mental y una extraña sensación de vacío incluso cuando aparentemente todo marcha bien. Nos cuesta concentrarnos. Dormimos peor. Disfrutamos menos. Perdimos la capacidad de permanecer plenamente en un instante sin revisar el celular cada pocos minutos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es donde la meditación comienza a cobrar sentido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hablo únicamente de sentarse en posición de loto o repetir mantras orientales. Hablo de detenernos conscientemente. Respirar. Escucharnos. Volver al presente. Reconectar con aquello que nos da calma y propósito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Meditar también puede ser caminar en silencio.<br>Escuchar el viento.<br>Tomarse un café sin afán.<br>Mirar a los ojos a quien amamos.<br>Agradecer antes de dormir.<br>Comer sin estar viendo el celular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pequeños actos que parecen simples, pero que hoy resultan profundamente revolucionarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cotidianidad moderna nos fue alejando de lo esencial. Ya no disfrutamos las pequeñas cosas porque vivimos pensando en lo siguiente: la próxima reunión, el próximo problema, la próxima deuda, la próxima publicación o el próximo conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mientras tanto, la vida ocurre sin que la habitemos realmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso necesitamos volver a lo básico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la naturaleza.<br>A los silencios.<br>A los vínculos reales.<br>A los alimentos que nutren y no solo llenan.<br>A las conversaciones donde no todo sea competencia o debate.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuerpo también refleja esa desconexión. Lo que comemos, lo que consumimos emocionalmente y la manera como pensamos terminan impactando nuestra energía diaria. Hay personas que despiertan cansadas porque llevan años alimentándose de estrés, miedo y discusiones permanentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso comenzar el día desde el agradecimiento cambia tanto la percepción de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Despertar y agradecer no soluciona mágicamente los problemas, pero sí modifica la manera como nos relacionamos con ellos. La mente empieza a trabajar desde otra frecuencia emocional. Y aunque parezca un concepto abstracto, quienes practican hábitos de conciencia terminan desarrollando más serenidad frente al caos cotidiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me gusta pensar entonces en el concepto del “Co-razón”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con razón.<br>Pero también con corazón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es decir, construir desde el entendimiento y no desde la imposición. Escuchar sin necesidad de vencer al otro. Reconocer que existen múltiples caminos y que no toda diferencia debe terminar en confrontación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué distinto sería el mundo si aprendiéramos a conversar sin necesidad de destruirnos emocionalmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claro, escribir esto parece mucho más fácil que practicarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el verdadero cambio no ocurre leyendo frases bonitas ni compartiendo mensajes inspiradores en redes sociales. El cambio ocurre cuando convertimos esos principios en hábitos cotidianos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí está la dificultad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Meditar no es escapar de la realidad. Es aprender a vivirla con mayor conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso este trabajo comienza siempre desde adentro. No desde el egoísmo, sino desde la necesidad de armonizarnos primero para poder entregar algo distinto a quienes nos rodean.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una persona emocionalmente rota difícilmente puede transmitir paz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los invito entonces a hacer el ejercicio en casa. Con la pareja. Con los hijos. Con los abuelos. Con los amigos. Aprender a escucharnos nuevamente. A respirar antes de reaccionar. A compartir espacios donde no todo esté mediado por pantallas, afanes o discusiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque quizás el verdadero desafío de este tiempo no sea producir más ni correr más rápido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez el verdadero desafío sea volver a sentirnos humanos.</p>
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		<title>Mi madre al final tenía razón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vocesadmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:41:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Autoperdón]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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					<description><![CDATA[Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela llamada vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su nombre no importa.<br>Su historia sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a mi trabajo como periodista tuve la oportunidad de sentarme frente a frente con un reincorporado en los Montes de María, un hombre que años atrás perteneció a las Farc y que ahora intentaba construir una nueva vida desde la legalidad, aferrado a proyectos productivos y a la esperanza de no volver a la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debo reconocerlo: la sangre me hirvió durante unos segundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos quizás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta segundos donde regresaron imágenes, silencios y recuerdos relacionados con la muerte de mi hermano mayor,&nbsp;Luis Arturo Viña Pardo, quien falleció hace más de once años tras la explosión de un artefacto en el Cañón del Combeima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero después ocurrió algo inesperado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a aquel hombre hablar sobre sus errores, sus búsquedas y sus nuevas luchas, recordé el proceso profundo que vivimos como familia liderados por mi madre,&nbsp;Gloria Inés Pardo Rodríguez. Un proceso doloroso, silencioso y humano donde entendimos que el perdón no consiste en justificar el daño recibido, sino en decidir que el odio no siga gobernando nuestra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el duelo no es olvidar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El duelo, como dicen algunos especialistas, es aprender a recordar sin que el dolor destruya el alma cada vez que aparece la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí estaba yo, escuchando a un hombre que alguna vez hizo parte de una guerra absurda que desangró al país durante décadas. Pero ya no veía únicamente al excombatiente. Veía también al ser humano intentando reconstruirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa desconocer el dolor de las víctimas ni minimizar la tragedia de miles de familias colombianas. Significa comprender que el odio permanente también termina enfermando a quien lo carga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre lo entendió mucho antes que nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella repetía constantemente algo que hoy cobra más sentido que nunca:<br>“Somos lo que decidimos alimentar dentro del corazón”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso el proceso de perdón dentro de nuestra familia no nació desde el olvido, sino desde la conciencia. Comprendimos que si seguíamos viviendo desde la rabia, el resentimiento y la venganza, terminaríamos transmitiendo ese dolor de generación en generación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas que hoy también comparto en la&nbsp;<em>Agenda del Perdón: ¿Cuál es tu historia?</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos cargamos heridas invisibles.<br>Todos tenemos ausencias.<br>Todos venimos de historias familiares complejas.<br>Pero también todos tenemos la posibilidad de resignificar aquello que vivimos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La agenda nace precisamente de esa necesidad de volver a mirarnos por dentro, de escribir nuestra historia con honestidad y de entender que el perdón empieza muchas veces por nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque hay personas que pasan la vida entera culpando a otros de su dolor sin darse cuenta de que siguen atrapadas emocionalmente en aquello que no logran sanar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no hablo únicamente del conflicto armado. Hablo de padres ausentes, relaciones destructivas, abandonos, traiciones, violencias silenciosas y palabras que dejaron marcas profundas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una frase de mi libro&nbsp;Recuerda que Nada es Personal&nbsp;hoy vuelve a tomar fuerza:<br>“Todos somos maestros y todos somos alumnos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué frase tan sencilla… y qué verdad tan profunda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El reincorporado que tuve enfrente fue maestro para mí esa tarde. Me recordó que el ser humano sí puede cambiar. Que incluso después de la oscuridad existe posibilidad de reconstrucción. Y quizá yo también fui maestro para él desde la escucha, desde la mirada sin odio y desde la posibilidad de reconocerlo nuevamente como persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vida funciona así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aprendemos unos de otros constantemente. A veces desde el amor. Otras veces desde el dolor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escritora&nbsp;Robin Norwood, en su libro&nbsp;<em>¿Por qué a mí?</em>, plantea algo profundamente revelador: muchas enfermedades emocionales y físicas tienen relación con heridas internas no resueltas. Y aunque cada persona interpreta estas ideas desde su propia experiencia, sí existe algo evidente: vivir atrapados en el resentimiento termina deteriorando nuestra manera de habitar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El odio consume.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El perdón, en cambio, libera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no porque mágicamente desaparezca el sufrimiento, sino porque deja de gobernar nuestra existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos se quedan instalados en la rabia permanente. Y entonces la vida comienza a repetirles las mismas lecciones una y otra vez. Cambian los escenarios, cambian las personas, pero el conflicto interno sigue intacto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, sin títulos académicos sobre inteligencia emocional ni discursos sofisticados, entendía algo esencial: las palabras dichas desde el corazón tienen poder transformador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella no negaba el dolor.<br>No escondía las lágrimas.<br>Pero tampoco permitía que el resentimiento se volviera dueño de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy comprendo que fue una gran maestra para todos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La procesión de las ausencias sigue existiendo, claro. Hay heridas que nunca desaparecen del todo. Hay fechas que todavía aprietan el pecho. Pero también existen momentos reveladores donde uno entiende que quienes partieron siguen enseñándonos incluso desde el recuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso ocurrió aquella tarde en Montes de María.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras escuchaba a ese hombre hablar de paz, trabajo y futuro, sentí que abrazaba simbólicamente a todos mis muertos. Y entendí algo profundamente humano: perdonar no es absolver al otro; es dejar de condenarse uno mismo a vivir eternamente en la guerra interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi madre, al final, tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Somos lo que decidimos ser.</p>
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