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	<title>PUERTO NARIÑO &#8211; Oscar Vina Pardo</title>
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	<description>Cuando el autoperdon es parte de esa columna vertebral para trascender</description>
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		<title>Puerto Nariño: donde los delfines rosados saltan entre mariposas amarillas</title>
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		<pubDate>Wed, 28 May 2025 17:39:22 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En este rincón del Amazonas colombiano, la selva canta, los motores callan y los delfines bailan con las mariposas de los sueños. A Puerto Nariño no se llega, se arriba. Como si uno hubiera sido invitado por la selva misma, por el murmullo de los árboles que hablan en lenguas indígenas y por las mariposas [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">En este rincón del Amazonas colombiano, la selva canta, los motores callan y los delfines bailan con las mariposas de los sueños.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">A Puerto Nariño no se llega, se arriba. Como si uno hubiera sido invitado por la selva misma, por el murmullo de los árboles que hablan en lenguas indígenas y por las mariposas amarillas que, como presagio de realismo mágico, revolotean entre los turistas que bajan del bote con los ojos más abiertos que el corazón. No hay carros, ni motos, ni bocinas. Solo los pasos suaves de quienes caminan sobre la tierra como si no quisieran despertarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicen los más viejos que los delfines rosados del Amazonas se asoman cuando la selva está feliz. Y en Puerto Nariño se les ve danzar al amanecer, deslizándose por el río como si fueran parte de un sueño húmedo que dejó García Márquez entre los árboles. Las aguas del Amazonas guardan secretos, y entre ellos, la sonrisa de un delfín que salta justo cuando una mariposa amarilla le pasa rozando la nariz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los niños ticunas, cocamas y yaguas aprenden a nadar antes que a caminar. Son los guardianes del pesebre natural de Colombia, el primer municipio con certificación ambiental del país. Habitan sin prisa entre casas de madera elevada, cultivan y pescan con respeto, y saludan al visitante como si lo conocieran de una vida pasada. Aquí, el progreso no hace ruido, camina descalzo y sabe escuchar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A dos horas de Leticia y 45 minutos de Perú, Puerto Nariño no necesita semáforos. Su único tránsito es el del viento que cruza por las hojas del plátano, el aroma a cacao recién tostado, y el canto de un chamán que invoca a los espíritus del río. En vez de bocinas, aquí suena la flauta de carrizo y las carcajadas de los niños que siguen mariposas como si fueran cometas bajadas del cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada tarde, los turistas —la mayoría extranjeros— se quedan en silencio cuando los delfines aparecen. Rosados, escurridizos, brillan bajo el sol como si tuvieran luz propia. Y justo en ese instante, cuando el río se vuelve espejo del cielo, una mariposa amarilla cruza el horizonte como si viniera a recordarnos que el mundo, a veces, también es un cuento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Puerto Nariño no es un lugar para visitar, es un lugar para quedarse en el alma. Porque allá, en lo profundo del Amazonas, entre la selva que respira y los delfines que ríen, el tiempo se detiene… y vuelan mariposas.</p>
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