Vida cotidiana

“Mamá, ¿dónde están los juguetes?”

Hay canciones que no envejecen porque siguen tocando las mismas fibras del corazón. “Mamá, ¿dónde están los juguetes?” no solo anuncia la Navidad: también nos recuerda que detrás de estas fechas existen niños esperando esperanza, abrazos y pequeños milagros envueltos en papel regalo.

Hay canciones que uno escucha con los oídos.
Y otras que se escuchan directamente con el alma.

“Mamá, ¿dónde están los juguetes?” de Nieves Oropeza pertenece a ese segundo grupo. Desde niño esa canción me producía una mezcla extraña de tristeza, angustia y nostalgia. Bastaban los primeros acordes para imaginar a un niño mirando una ventana vacía mientras esperaba algo que quizás nunca iba a llegar.

Y con el tiempo la canción duele distinto.

Cuando uno crece entiende que detrás de esa letra no hay únicamente música navideña. Hay pobreza, ausencias, desigualdad y miles de padres haciendo cuentas imposibles para no romper la ilusión de un hijo el 24 de diciembre.

Porque la Navidad también puede ser silenciosamente cruel para quienes no tienen cómo sostenerla.

Recuerdo que en mi infancia recibir un regalo era motivo de gratitud genuina. No existía esa ansiedad moderna de comparar juguetes, celulares o marcas. Uno agradecía porque sabía que detrás de cada detalle había esfuerzo, sacrificio y amor.

Luego vino la adolescencia. Después la paternidad.

Y ahí entendí todavía más profundamente la canción.

Porque no hay nada que apriete más el corazón que ver a un niño escribir su “cartica” al Niño Dios con la inocencia intacta, creyendo que el universo entero conspira para que su deseo llegue debajo del árbol.

Y mientras los niños escriben sueños, muchos adultos hacen malabares económicos para no dejar morir la ilusión.

“Mamá, hoy me siento muy triste
Mamá, ¿el Niño no me quiere?”

Qué frases tan simples… y qué golpe tan duro.

Porque muchos niños terminan creyendo que no recibir un regalo tiene relación con portarse mal, con no ser suficientes o incluso con que dejaron de ser queridos por Dios, por la vida o por sus padres.

Ahí es donde la Navidad deja de ser únicamente celebración y se convierte también en responsabilidad humana.

Hoy, cuando veo personas comprando regalos, bolsas y detalles navideños, lejos de criticar el consumo, siento alegría. Porque en medio de tantas noticias duras, guerras, crisis económicas y agotamiento emocional, también necesitamos espacios para celebrar, compartir y recordar que todavía existen motivos para sonreír.

La Navidad no salva al mundo, claro está.

Pero sí puede salvar momentos.

Una sonrisa.
Un abrazo.
Una cena compartida.
Un juguete inesperado.
Una bolsa de mercado entregada con amor.

Pequeños actos que para algunos parecen mínimos y para otros significan absolutamente todo.

Por eso esta canción hoy me despierta algo diferente: solidaridad.

Ya no escucho únicamente al niño triste de la letra. También pienso en las madres que intentan explicarle a sus hijos por qué este año el Niño Dios viene más golpeado económicamente que de costumbre.

Y ahí aparece una reflexión importante:
no esperemos hasta “el año que viene”.

Ayudemos ahora.

Existen campañas hermosas de recolección de juguetes, mercados, pañales y ropa para niños, adultos mayores y familias enteras que viven diciembre con más angustia que celebración.

Y no se necesita ser millonario para hacer diferencia.

A veces un detalle sencillo transforma completamente una Navidad.

Un balón.
Una muñeca.
Un cuaderno.
Una novena compartida.
Un plato de comida caliente.

Lo importante no es el tamaño del regalo, sino el mensaje silencioso que lleva dentro:
“no estás solo”.

Porque la verdadera magia de diciembre no está únicamente en las luces, los villancicos o las fotografías familiares perfectas que vemos en redes sociales.

La verdadera magia aparece cuando logramos devolverle esperanza a alguien más.

Entregar un juguete a través de una iglesia, una emisora, un barrio o una campaña solidaria puede parecer pequeño desde nuestra comodidad. Pero para un niño que espera ilusionado junto a una ventana, puede convertirse en un recuerdo imborrable para toda la vida.

Y quizás ahí radica precisamente el verdadero espíritu de la Navidad:
en creer nuevamente en la humanidad.

Porque mientras exista alguien dispuesto a compartir desde el corazón, siempre habrá esperanza de que el próximo diciembre llegue un poco menos triste para muchos hogares.

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