Quizá uno de los mayores actos de amor propio no sea lograr que todos nos acepten, sino atrevernos a caminar el sendero que el alma vino a recorrer, aunque ello implique romper las expectativas que otros construyeron sobre nosotros
El titular de esta nota lo leí en el Heraldo hace ya tres semanas y parto desde esa premisa donde cada ser humano llega a este mundo con una historia diferente y con una misión que nadie más puede cumplir. Sin embargo, desde muy pequeños comenzamos a recibir etiquetas, mandatos y expectativas. Nos enseñan cómo debemos pensar, sentir, vestir, estudiar, trabajar e incluso amar. Poco a poco dejamos de escuchar la voz del corazón para vivir atentos al aplauso o a la desaprobación de quienes nos rodean.
Volvemos ese corazón en Con Razón, perdiendo la esencia de ver la vida de manera diferente cuando el amor puede atravesar cualquier barrera, por más que sea una montaña.
Le puede interesar autocomprendernos, la tarea de todos los días
Emil Cioran dice en el artículo nos debe llevar a reflexionar: la vida conserva sentido mientras todavía podamos decepcionar a alguien. Más allá de su tono filosófico, creo es una invitación profunda para todos sin excepción alguna: mientras aún podamos tomar decisiones propias, sin convertirnos en una copia de los deseos ajenos, seguimos siendo libres.
Y esa libertad tiene un precio. Cada vez que decidimos ser coherentes con nuestra esencia habrá personas que no comprenderán nuestro camino. Algunas se alejan. Otras nos juzgarán. Otras, un poco más ilusas, intentarán convencernos de volver a ser quienes ellos necesitan que seamos. Pero el alma nunca negocia con aquello que sabe que vino a aprender. Nakut, Está escrito.
El miedo a decepcionar se ha convertido en una de las grandes enfermedades silenciosas de nuestro tiempo. Nos agotamos intentando cumplir expectativas imposibles. Decimos sí cuando nuestro corazón grita no. Permanecemos en lugares donde hace mucho dejamos de crecer. Sostenemos relaciones por miedo al abandono. Sonreímos cuando por dentro estamos pidiendo ayuda. Ese desgaste termina alejándonos de nosotros mismos.
5 preguntas claves, cuál es tu historia
Las redes sociales han amplificado esta necesidad de aprobación. Pareciera que el valor de una persona dependiera del número de reacciones que recibe, de la fotografía perfecta o del reconocimiento permanente. Se nos olvida que ningún filtro puede embellecer un alma que vive desconectada de sí misma y que ninguna cantidad de seguidores puede llenar el vacío de quien olvidó escucharse.
Quienes estamos expuestos públicamente conocemos bien ese escenario. Siempre habrá alguien dispuesto a decir cómo deberíamos pensar, actuar o vivir. Pero esa experiencia no es exclusiva de quienes aparecen en los medios; ocurre también en las familias, en las empresas, entre amigos e incluso dentro de nuestras relaciones más cercanas. Muchas veces cargamos personajes que otros escribieron para nosotros hasta el punto de olvidar quiénes somos realmente.
Un amigo de la adolescencia, Olinto, laboró en una empresa por más de 20 años, hace unos meses le llegó la carta que llaman “cuyo”, esa a la que temen mucho porque es cuyo cargo ha sido suprimido. Y volvió a su realidad en donde hoy agradece esas llamadas de las operadoras de telefonía, porque ya sin ese poder, pasamos a ser parte del mobiliario mental, de ese pasado que quedó pisado.
La espiritualidad nos recuerda algo esencial: no vinimos a representar un papel para satisfacer al mundo. Vinimos a experimentar, aprender, amar, equivocarnos, sanar y evolucionar. Cuando vivimos únicamente para agradar a los demás, dejamos de honrar el propósito que la vida puso en nuestras manos. Y cada vez que traicionamos nuestra verdad, el cuerpo, la mente y las emociones terminan manifestándose.
Ser auténticos no significa actuar desde el ego ni hacer daño deliberadamente. Significa vivir con coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Significa comprender que podemos amar profundamente a los demás sin renunciar a nuestra identidad. Porque el amor verdadero nunca exige máscaras; al contrario, invita a quitarlas.
Quizá por eso el amor propio no consiste en que todos nos acepten, sino en aceptarnos nosotros con nuestras luces y nuestras sombras. Con nuestras heridas, nuestros errores y también con los dones que muchas veces ocultamos por miedo a incomodar. La libertad comienza cuando dejamos de pedir permiso para ser quienes realmente somos. Mirate al espejo, y pregúntate, ¿para qué estoy hecho hoy?
Cuidemos a quienes permanecen a nuestro lado sin exigirnos perfección. A quienes conocen nuestras cicatrices y aun así eligen caminar con nosotros. Esas personas no aman el personaje; aman el ser humano. Y esa es una de las manifestaciones más profundas del amor.
Tal vez crecer espiritualmente consiste justamente en comprender que decepcionar a algunas personas es inevitable. No porque busquemos herirlas, sino porque el propósito de nuestra existencia nunca fue cumplir el guión que otros escribieron para nosotros. Vinimos a recordar quiénes somos, a vivir con conciencia y a convertir nuestra verdad en el acto más grande de libertad. Solo entonces podremos mirar hacia adentro, encontrar paz y descubrir que el verdadero reconocimiento no viene del mundo, sino de esa silenciosa voz del alma que finalmente puede decir: hoy fui fiel a mí mismo.
Lo demás, lo pueden encontrar en el libro Recuerda que Nada es Personal.


