La hoja en blanco está lista para que inicies este proceso de sanación con tu padre o con aquella figura paterna que marcó tu historia. Traer al presente esos momentos que dolieron, sin juzgarlos, es el primer paso para construir una relación diferente contigo mismo.
Después de escribir sobre nuestra madre, llega un momento igual de importante: escribir sobre nuestro padre. Para algunos será más sencillo; para otros, mucho más desafiante. No importa si estuvo presente, si se fue demasiado pronto, si nunca lo conociste o si otra persona ocupó ese lugar. Siempre existirá una figura paterna que dejó una huella en tu manera de entender la vida. Aunque el rol del padre pudo ser más presente y sin el ánimo de juzgar, en nuestra cultura, la figura materna es mucho más fuerte, quizás por eso, me atrevo a hablar de esta maneta.
Soy de los que creen que antes de nacer nuestra alma ya había elegido un escenario de aprendizaje. Elegimos unos padres, unos hermanos, una familia y unas circunstancias que, aunque muchas veces no comprendemos, hacen parte del camino que necesitamos recorrer para evolucionar.
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No significa que todo lo ocurrido estuviera bien. Significa que, más allá del dolor, siempre existe un aprendizaje esperando ser descubierto.
Si la madre representa nuestro primer vínculo con la vida, el padre suele representar la manera como aprendemos a caminar por el mundo. A través de él aprendemos, o dejamos de aprender, sobre seguridad, protección, autoridad, reconocimiento, disciplina, trabajo, límites y confianza.
Cada gesto deja una marca.
Puede ser aquel padre que te levantó entre sus brazos cuando naciste. El que te enseñó a montar bicicleta. El que nunca faltó a una reunión del colegio. O, por el contrario, el que estuvo ausente física o emocionalmente. Incluso puede tratarse del padrastro, del abuelo, del tío o de aquella persona que asumió ese lugar. Todos ellos dejaron una historia escrita dentro de ti.
Por eso, cuando decides escribir una carta, no estás escribiendo para cambiar el pasado. Estás escribiendo para comprender cómo ese pasado continúa influyendo en las decisiones que tomas hoy.
Antes de comenzar, escribe su nombre completo.
Si conoces sus apellidos, continúa escribiéndolos. Después imagina a sus padres, a sus abuelos y a quienes estuvieron antes que él. Pregúntate cómo habría sido la infancia de ese hombre. ¿Recibió afecto? ¿Fue escuchado? ¿Conoció el abandono? ¿Tuvo que trabajar siendo niño? ¿Aprendió a expresar sus emociones o le enseñaron que llorar era un signo de debilidad?
No se trata de justificar sus acciones. Se trata de comprender que nadie entrega aquello que nunca aprendió a recibir.
En muchos hogares latinoamericanos los hombres crecieron creyendo que su única misión era proveer económicamente. Se les enseñó a callar, a esconder el miedo y a convertir las lágrimas en silencio. Muchos de nuestros padres también fueron niños heridos intentando educar a otros niños.
Comprender esto no borra el dolor. Pero sí cambia la manera de mirarlo. Ahora toma la hoja que comenzaste a escribir y vuelve a leerla.
Pregúntate desde cuál de los personajes de ”Recuerda que Nada es Personal” estás hablando.
¿Está escribiendo el verdugo, señalando cada error de tu padre?
¿Está escribiendo el pobre de mí, convencido de que todo lo que ocurre en tu vida es consecuencia de su ausencia?
¿Está escribiendo el salvador, justificando cada comportamiento para evitar sentir tu propio dolor?
¿Está escribiendo el controlador, buscando una explicación racional para todo lo ocurrido?
¿O está escribiendo el manipulador, utilizando la herida para recibir atención, reconocimiento o afecto?
Reconocer esos personajes no significa que seas alguno de ellos. Significa que el dolor ha encontrado distintas maneras de permanecer vivo.
Pero tú eres mucho más que ese dolor.
También es importante recordar que las discusiones entre tu padre y tu madre nunca fueron tuyas. Aunque hayas estado presente, aunque hayas sentido miedo o hayas querido proteger a alguno de los dos, esas historias pertenecían a los adultos.
Muchas veces los hijos cargamos culpas que nunca nos correspondieron.
Y desde ese peso comenzamos a construir relaciones, familias y proyectos de vida que repiten, sin darnos cuenta, la misma espiral del dolor.
Cuando eso ocurre, dejamos de vivir nuestra historia para continuar escribiendo la de nuestros padres.
Mi padre murió cuando yo tenía apenas veintiocho días de nacido. Durante muchos años pensé que no tenía recuerdos para sanar. Con el tiempo comprendí que la ausencia también educa, también deja preguntas, también construye vacíos y también exige ser abrazada.
No fue la presencia de mi padre la que tuve que perdonar. Fue la historia que construí alrededor de su ausencia. Y entendí que esa historia solo podía transformarla yo.
Por eso escribe.
Si necesitas llorar, llora.
Si necesitas guardar silencio, hazlo.
Si aparecen palabras de rabia, déjalas salir.
Si lo único que puedes escribir hoy es su nombre, será suficiente.
Lo importante es comenzar.
Cada carta será distinta. Cada lectura despertará una emoción nueva. Y llegará un día en que descubrirás que ya no escribes para reclamar lo que faltó, sino para agradecer todo lo que aprendiste. Ese será el instante en que comprenderás que el perdón nunca fue un regalo para tu padre. Siempre fue un acto de amor hacia ti.
Recuerda que No heredamos solamente los ojos de nuestros padres. También heredamos sus silencios, sus miedos y sus formas de amar. El autoperdón comienza cuando decidimos conservar el amor, pero dejar de repetir el dolor.»


