Once años después de la muerte de mi hermano Luis Arturo, tuve frente a frente a un reincorporado de las Farc en los Montes de María. Ahí comprendí que el perdón no borra el dolor, pero sí transforma la manera como decidimos cargar nuestra historia. Todos somos maestros y todos somos alumnos en esta escuela llamada vida.
Su nombre no importa.
Su historia sí.
Gracias a mi trabajo como periodista tuve la oportunidad de sentarme frente a frente con un reincorporado en los Montes de María, un hombre que años atrás perteneció a las Farc y que ahora intentaba construir una nueva vida desde la legalidad, aferrado a proyectos productivos y a la esperanza de no volver a la guerra.
Debo reconocerlo: la sangre me hirvió durante unos segundos.
Treinta segundos quizás.
Treinta segundos donde regresaron imágenes, silencios y recuerdos relacionados con la muerte de mi hermano mayor, Luis Arturo Viña Pardo, quien falleció hace más de once años tras la explosión de un artefacto en el Cañón del Combeima.
Pero después ocurrió algo inesperado.
Mientras escuchaba a aquel hombre hablar sobre sus errores, sus búsquedas y sus nuevas luchas, recordé el proceso profundo que vivimos como familia liderados por mi madre, Gloria Inés Pardo Rodríguez. Un proceso doloroso, silencioso y humano donde entendimos que el perdón no consiste en justificar el daño recibido, sino en decidir que el odio no siga gobernando nuestra vida.
Porque el duelo no es olvidar.
El duelo, como dicen algunos especialistas, es aprender a recordar sin que el dolor destruya el alma cada vez que aparece la memoria.
Y ahí estaba yo, escuchando a un hombre que alguna vez hizo parte de una guerra absurda que desangró al país durante décadas. Pero ya no veía únicamente al excombatiente. Veía también al ser humano intentando reconstruirse.
Eso no significa desconocer el dolor de las víctimas ni minimizar la tragedia de miles de familias colombianas. Significa comprender que el odio permanente también termina enfermando a quien lo carga.
Mi madre lo entendió mucho antes que nosotros.
Ella repetía constantemente algo que hoy cobra más sentido que nunca:
“Somos lo que decidimos alimentar dentro del corazón”.
Por eso el proceso de perdón dentro de nuestra familia no nació desde el olvido, sino desde la conciencia. Comprendimos que si seguíamos viviendo desde la rabia, el resentimiento y la venganza, terminaríamos transmitiendo ese dolor de generación en generación.
Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas que hoy también comparto en la Agenda del Perdón: ¿Cuál es tu historia?
Todos cargamos heridas invisibles.
Todos tenemos ausencias.
Todos venimos de historias familiares complejas.
Pero también todos tenemos la posibilidad de resignificar aquello que vivimos.
La agenda nace precisamente de esa necesidad de volver a mirarnos por dentro, de escribir nuestra historia con honestidad y de entender que el perdón empieza muchas veces por nosotros mismos.
Porque hay personas que pasan la vida entera culpando a otros de su dolor sin darse cuenta de que siguen atrapadas emocionalmente en aquello que no logran sanar.
Y no hablo únicamente del conflicto armado. Hablo de padres ausentes, relaciones destructivas, abandonos, traiciones, violencias silenciosas y palabras que dejaron marcas profundas.
Por eso una frase de mi libro Recuerda que Nada es Personal hoy vuelve a tomar fuerza:
“Todos somos maestros y todos somos alumnos”.
Qué frase tan sencilla… y qué verdad tan profunda.
El reincorporado que tuve enfrente fue maestro para mí esa tarde. Me recordó que el ser humano sí puede cambiar. Que incluso después de la oscuridad existe posibilidad de reconstrucción. Y quizá yo también fui maestro para él desde la escucha, desde la mirada sin odio y desde la posibilidad de reconocerlo nuevamente como persona.
Porque la vida funciona así.
Aprendemos unos de otros constantemente. A veces desde el amor. Otras veces desde el dolor.
La escritora Robin Norwood, en su libro ¿Por qué a mí?, plantea algo profundamente revelador: muchas enfermedades emocionales y físicas tienen relación con heridas internas no resueltas. Y aunque cada persona interpreta estas ideas desde su propia experiencia, sí existe algo evidente: vivir atrapados en el resentimiento termina deteriorando nuestra manera de habitar el mundo.
El odio consume.
El perdón, en cambio, libera.
Y no porque mágicamente desaparezca el sufrimiento, sino porque deja de gobernar nuestra existencia.
Muchos se quedan instalados en la rabia permanente. Y entonces la vida comienza a repetirles las mismas lecciones una y otra vez. Cambian los escenarios, cambian las personas, pero el conflicto interno sigue intacto.
Mi madre, sin títulos académicos sobre inteligencia emocional ni discursos sofisticados, entendía algo esencial: las palabras dichas desde el corazón tienen poder transformador.
Ella no negaba el dolor.
No escondía las lágrimas.
Pero tampoco permitía que el resentimiento se volviera dueño de la casa.
Hoy comprendo que fue una gran maestra para todos nosotros.
La procesión de las ausencias sigue existiendo, claro. Hay heridas que nunca desaparecen del todo. Hay fechas que todavía aprietan el pecho. Pero también existen momentos reveladores donde uno entiende que quienes partieron siguen enseñándonos incluso desde el recuerdo.
Eso ocurrió aquella tarde en Montes de María.
Mientras escuchaba a ese hombre hablar de paz, trabajo y futuro, sentí que abrazaba simbólicamente a todos mis muertos. Y entendí algo profundamente humano: perdonar no es absolver al otro; es dejar de condenarse uno mismo a vivir eternamente en la guerra interior.
Mi madre, al final, tenía razón.
Somos lo que decidimos ser.



