Estamos condenados a repetir la historia porque seguimos confundiendo la pasión con la intolerancia. Necesitamos hablar en casa sobre frustración, euforia, ira y resiliencia. No más amenazas ni violencias disfrazadas de amor por una camiseta.
Hace 25 años los colombianos nos creímos invencibles. Los periodistas deportivos, las tertulias de esquina, las emisoras y hasta el vecino más escéptico terminaron convencidos de que Colombia iba a ser campeona del mundo en Estados Unidos 94. El cinco a cero contra Argentina se volvió himno nacional y todavía hoy hay quienes lo narran como si hubiera ocurrido ayer.
Vivíamos inflados de orgullo. Caminábamos con más pecho que un pavo real y con la ingenuidad de quien cree que el fútbol también funciona por destino divino. Éramos “los elegidos”. El problema del triunfalismo es precisamente ese: deja de ver rivales, desconoce errores y convierte la ilusión en obligación.
Pero el fútbol, como la vida, tiene la mala costumbre de aterrizar egos.
Primero fue Gheorghe Hagi y aquella Rumania que nos bajó de la nube. Después vino el partido contra Estados Unidos y el autogol de Andrés Escobar, uno de los jugadores más elegantes y respetados que ha tenido el fútbol colombiano. Un hombre correcto dentro y fuera de la cancha que tuvo simplemente un mal día.
Lo triste no fue la derrota. Lo aterrador fue lo que vino después.
El 2 de julio de 1994 Colombia recibió una herida moral que todavía no sana del todo. Andrés Escobar fue asesinado a la salida de una discoteca en Medellín. Lo mataron porque algunos confundieron el fútbol con la guerra, la frustración con la venganza y la pasión con el odio.
Han pasado décadas desde entonces y seguimos sin aprender completamente la lección.
Hoy las amenazas ya no llegan únicamente desde una esquina oscura o desde un revólver cargado de intolerancia. Ahora llegan desde las redes sociales, escondidas detrás de perfiles falsos y discursos violentos que convierten cualquier error deportivo en una condena pública.
Pasó nuevamente con William Tesillo tras errar el penalti frente a Selección de fútbol de Chile en la Copa América 2019. Durante días, él y su familia tuvieron que soportar amenazas, insultos y mensajes llenos de odio. Y entonces uno entiende que el problema no es el fútbol. El problema somos nosotros y nuestra incapacidad para manejar la frustración.
Porque el triunfalismo no nace en la cancha. Nace mucho antes, en la forma como educamos emocionalmente a nuestros hijos y como enfrentamos el fracaso en la vida cotidiana.
Vivimos en una sociedad que enseña a ganar, pero no a perder. Celebramos la euforia, pero escondemos la tristeza. Exigimos perfección y olvidamos que detrás de cada deportista existe un ser humano que también siente miedo, ansiedad y dolor.
Nos convertimos fácilmente en técnicos de selección, jueces morales y verdugos emocionales. Desde el sofá de la casa resolvemos partidos, destruimos carreras y sentenciamos personas como si nunca hubiéramos cometido errores en nuestra propia vida.
Y lo más preocupante es que esa misma lógica se trasladó a todos los escenarios sociales: la política, el trabajo, la familia y las redes sociales. Hoy quien piensa diferente se convierte en enemigo; quien falla merece castigo; y quien pierde debe soportar el escarnio público.
Nos está faltando humanidad.
Por eso este tema no debería discutirse únicamente en programas deportivos. Debería conversarse en las casas, en los colegios y en las empresas. Necesitamos enseñar a manejar la frustración, la ira y la ansiedad. Necesitamos formar desde la resiliencia y no desde la amenaza permanente.
Pongámonos por un momento en los zapatos de la familia de Tesillo. Imaginemos el miedo de sus padres, de su esposa, de sus hijos, leyendo mensajes donde prácticamente le dicen que no vuelva al país. Eso no es pasión futbolera. Eso es una enfermedad social disfrazada de fanatismo.
La resiliencia consiste precisamente en entender que perder también hace parte de la vida. Que equivocarse no destruye el valor de una persona. Que una derrota deportiva no puede convertirse en licencia para el odio.
Tal vez por eso vuelve a mi memoria aquella frase atribuida a Charles Darwin: “Si vives solo con instinto, vives como animal. Si vives solo con control, vives como máquina”.
El desafío está en encontrar equilibrio.
Que la pasión siga viva cuando juega la selección. Que gritemos los goles. Que suframos las derrotas. Que discutamos de fútbol en la tienda, en el trabajo y en la sala de la casa. Pero que jamás olvidemos que al otro lado de la camiseta existe un ser humano.
Ojalá este nuevo capítulo del fútbol colombiano nos sirva para crecer como sociedad y entender, de una vez por todas, que ningún partido vale más que la vida, la dignidad y el respeto por el otro.
Y pese a todo… que viva mi selección.



