Crónicas

Las rezanderas de La Mojana

Angélica Regina Reales una de las últimas rezanderas de La Mojana está
recostada a un taburete y desde allí casi que en forma robótica alarga un brazo y
esparce granos a un enjambre de pollos que enardecidos corren hacia ella, las
hambrientas aves se arremolinan a su alrededor y cacarean de manera
ensordecedora. Por Por Ubaldo Manuel Díaz.

Angelica Regina esta inquieta, desde hace varios días no ha parado de llover en la
región de La Mojana. Una leve llovizna se desgaja sobre el horizonte. Un hombre
de rasgos aindiado y piel de ébano se acerca y le susurra al oído que el chorro de
“caregato” se ha roto nuevamente. Anochece, la humilde mujer se levanta y reúne
a los animales emitiendo un sonido gutural parecido a una canción de cuna, sabe
que la inundación en toda la región es inminente, el desastre que se avecina es
inevitable. Indignada esboza una tímida sonrisa que deja ver un canino
ennegrecido por la nicotina y se despacha en contra de los contratistas que desde
hace varios años no han podido cerrar “caregato” : “a ese choro le han metido un
infierno de plata y toda se la han robado”, el hombre de rasgos indígenas le
escucha en silencio sosteniendo un raído sombrero sobre una de sus manos y ve
caer la lluvia por una desencajada ventana como Isabel viendo llover en Macondo.
El pequeño diluvio continúa, las primeras gotas acribillan sin piedad las viejas
láminas de zinc. Regina permanece de espaldas escuchando el crepitar de la
lluvia enfundada en un vestido luctuoso que le cubre hasta los tobillos
canturreando uno de los cien réquiems en latín, ofrecido hoy por la conversión de
los ladrones de “caregato” y las benditas almas del purgatorio, esta sencilla mujer
nunca ha leído el catecismo de la Iglesia Católica o la Divina Comedia de Dante
donde ocurren los episodios del más allá y del más acá: cielo, purgatorio e inferno,
esto no le impide preparar meticulosamente su arsenal para la batalla de esta
noche, según cuenta, está noche rezará nueve rosarios por el eterno descanso de
los fieles difuntos y los pillos del chorro de “caregato”, mientras prepara sus
armas( agua bendita, rosarios, crucifijos)…

Se escucha en silencio el sonido de una corredera, el “tic tac” de la tapa de un
frasco al cerrar, en el bolso o talega que ha alistado, guarda celosamente como
tesoro algunas chucherías, saca y enseña varias novenas envejecidas y escritas
en latín: “esta me la regaló el obispo tal”- sigue sacando – esta me la dio el
sacerdote tal… “anima bendita”- y se hace un santiamén en su arrugada frente;
como en una caja de pandora sigue sacando ininterrumpidamente estampas de
vírgenes, novenas a santos y finalmente la imagen sonriente de Francisco el
hombre enfundado en una sotana blanca, meditando por los marmóreos y fríos
pasillos del vaticano. Con la talega terciada a su espalda de monja medieval se
sube a la parrilla de una moto que es escoltada por otra y se pierden en la
distancia en medio de la oscuridad.
Sobre una rustica mesa cubierta con un lienzo blanco, dos cirios encendidos
crepitan ante la invasión de los primeros insectos, en esta apartada población de
La Mojana bolivarense, despensa hídrica de Colombia, “el país de las aguas”
como hermosamente la definió el poeta Isidro Álvarez, por el abandono estatal
sus habitantes viven anclados en el siglo XIX, la luz voltaica no ha llegado a
algunos de esos lugares, existe la historia casi que sacada del realismo mágico, la
de un niño que no conocía el hielo. En el ambiente se percibe un penetrante olor a
flores, a perfume barato, a incienso, huele a muerto; un grupo de personas se
acerca silenciosamente al improvisado altar, – un niño adornado por un
desgastado roquete, regalo del legendario padre Menco, ministro de Dios en la
tierra, que llegó a la población de Sucre – Sucre en el meridiano de su existencia
para estar seis meses y se quedó treinta y tres años.
Esta población a pesar del aislamiento y abandono a la que ha sido sometida
durante décadas, viven las personas más felices del mundo. El niño del
desgastado sobrepelliz entra solemnemente en escena, pregona y repica una
campanita – “a rezar” a “rezar”- Angélica Regina con una inclinación lo hace pasar
aguardándolo sentada en la silla principal parecida a un trono, desde ahí con
ademan de pontífice y camándula en mano hace un gesto teatral. -Silencio –
Cierra los ojos y como si se estuviera comunicando con el más allá comienza la
primera jaculatoria en latín: Regina Coeli (reina de los cielos). Regina mater (reina
madre). Virgo Purissima (Virgen purísima), el nutrido auditorio en su mayoría
mujeres con los ojos cerrados y en actitud de recogimiento responden al unísono:
“ora pro nobis”, (ruega por nosotros) algunos hombres bostezan, un niño de
brazos chilla, Regina prosigue su eterna jaculatoria, al fondo en la penumbra, un
grupo de jovencitas apiñadas junto a varios muchachos, indiferentes a ese acto de
“solemnidad” susurran frasecitas de amor.
En el intervalo del primer rezo Regina se acerca – me llama aparte, en la

oscuridad, se sienta a mi lado con la confianza de dos viejos amigos, enciende
pausadamente un cigarrillo y como si se tratara de un secreto el cual va a ser
revelado a pocos me dice calladamente: “el ser rezandera es una profesión muy
dura”. – “a nosotras nos pagan por rezar, nos pagan por trasnochar, por mandar
esas almas al cielo”, y señala la estrellada bóveda celeste, donde resplandece la
constelación de Taurus.
─ ¿Una profesión? – le pregunté – “sí, una profesión, a nosotras nos va bien en la
medida que la gente se siga muriendo”, es más, -dijo- cruzándose de piernas y
soltar un tenue hilillo de humo que brotaba de sus labios, sosteniendo en lo alto de
sus dedos el quinto cigarrillo de la noche que titilaba en medio de la inmensa
oscuridad –“es un oficio que es para toda la vida”- quedó pensativa y remató: “es
un trabajo que no tiene fin.
─ ¿por qué? -seguí preguntando- “porque la gente nunca deja de morirse” fue su
escueta respuesta – “aunque por estos lares” – hizo una pausa en su monologo –
se volteó y me escrutó con la mirada de arriba a abajo como si me hubiese visto
por primera vez, – de su boca salió un aliento con olor a almizcle y a nicotina que
me invadió por completo el rostro-“ la gente últimamente se muere poco, este
oficio está en crisis, está en vías de extinción”-, se aleja y tira con la fuerza del
dedo índice la sexta colilla de cigarrillo.
– ¡Ah! e hizo nuevamente una pausa –“y el día que me muera”, – quedó pensativa
y entrecruza los dedos de las manos como si hubiese sido sorprendida en una
picardía – musitó- “no quiero que me recen”. – Intrigado, me deslicé hacia ella para
escucharla mejor.

  • ¿por qué no quieren que te recen? – “porque para esa época, aquellas jovencitas
    que están allá -señaló a las que susurraban frasecitas de amor- “ninguna será
    rezandera”. Hubo un silencio, interrumpido por cuatro hombres sentados alrededor
    de una mesa iluminada por un candil, revolvían fichas blancas y nacaradas que
    refulgían a la luz de la luna, al instante se escuchó el tableteo del -doble seis-
    cinco y cuatro- se daba inicio al primer round de dominó de la noche.
    Esa noche percibí que estas mujeres, las rezanderas practicaban una especie de
    sincretismo religioso en sus rezos, mezclan el latín, lengua oficial de la Iglesia
    católica en la cual el papa Francisco escribe sus textos con elementos de los
    rituales indígenas y cimarrones llamada la zafra mortuoria, propia de los negros
    escapados del marquesado de Yolombó el cual tuvo su asiento en Mompox –
    Bolívar.
    Al rayar la madrugada la mayoría de acompañantes al velorio se habían
    marchado, se percibía un ambiente de desamparo, devastado por el paso de un

tsunami; sillas desperdigadas por el amplio patio, el niño de quien se dice que no
conocía el hielo recogía en una bolsa los últimos vasos desechables arrojados por
doquier donde se había servido el café de la noche, varios hombres que
permanecían sentados cabeceaban resistiéndose al abrazo de morfeo, a Regina
le entra una llamada a su teléfono móvil donde le anunciaban para esta noche un
nuevo rezo en cualquier lugar de la Mojana sucreña, se despide y la veo alejarse
en medio del frio amanecer, pienso mucho en esta frágil y sencilla mujer que por
ese don del “Logos”, de la palabra que a pocos mortales se les ha concedido,
mantuvo en vela y atento toda la noche a un auditorio de más de 200 personas,
cosa que envidiaría y que no puede hacer, ni emular el más embustero político en
campaña electoral.
El autor de esta crónica es el Sacerdote, Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio pluma de oro de periodismo APB 2018 -2019- 2021 -2023 -2024 Barrancabermeja – Santander. Email: sinuano1817@yahoo.es

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