Cultura

Sanar creando: cuando el arte se convierte en refugio y camino de vida

En los colores que nacen del dolor y la esperanza, el arte se vuelve abrazo, memoria y luz para una comunidad que aprende a sanar creando.

En un país donde las heridas sociales y emocionales aún buscan alivio, el arte aparece como una herramienta silenciosa pero poderosa de sanación. No cura con fórmulas ni promesas inmediatas, pero sí acompaña, nombra lo que duele y abre caminos donde antes solo había silencio. Desde los territorios, lejos de los grandes circuitos culturales, surgen historias que confirman ese poder transformador.

Una de ellas es la de Roberto Carlos Torres Silva, joven artista visual de 25 años, nacido en Fonseca, quien decidió no solo vivir del arte, sino ponerlo al servicio de su comunidad. Desde la infancia, su vida estuvo atravesada por las expresiones culturales y el folclor guajiro, una herencia que se transformó en vocación y propósito: pintar aquello que otros no saben cómo contar.

«No llevo mucho tiempo en esto porque el arte no es una necesidad prioritaria como comer; pero a pesar de ello, me tracé el propósito de vivir de mi arte, de conectar con la gente, de comunicar a través del arte lo que mis clientes piensan. Más que pintar y entregar un producto, lo que hago es materializar una vivencia», explica el artista.

En un contexto marcado por la escasez de empleo formal y la desvalorización del trabajo creativo, Roberto optó por emprender y construir su propio camino. Su apuesta va más allá de la subsistencia: busca generar espacios de formación artística en su municipio, donde niños y jóvenes puedan capacitarse, expresarse y proyectarse, convencido de que el arte no solo embellece, sino que dignifica y transforma vidas.

“Actualmente los artistas en La Guajira enfrentamos muchos desafíos, no es la competencia entre nosotros lo que nos afecta, sino el poco valor que la sociedad nos da. El arte está infravalorado, y eso ha acabado con los sueños de jóvenes con talentos, con dones increíbles, que desisten de la idea de dedicarse al arte”, señala Torres.

Las cifras respaldan esta realidad. De acuerdo con datos del Ministerio de Cultura, más del 70 % de los artistas en el país no cuenta con ingresos estables derivados de su trabajo creativo. Las oportunidades suelen concentrarse en las grandes ciudades, mientras que en regiones como La Guajira el acceso a formación, financiación y circulación artística sigue siendo limitado. Paradójicamente, es allí donde el arte conserva su sentido más genuino: narrar las raíces, preservar la memoria y sembrar esperanza.

Lejos de rendirse, Roberto hace parte de esa generación de artistas persistentes que se reinventan una y otra vez. A través de su obra busca preservar la memoria colectiva, dignificar las vivencias de su gente y ofrecer una alternativa creativa para las nuevas generaciones. Su sueño es claro: crear una escuela donde niños, jóvenes y adultos encuentren en el arte una herramienta de desarrollo personal, emocional y comunitario.

Conmemorar el Día Internacional del Artista es, en esencia, reconocer que detrás de cada obra hay alguien que resiste, que sana y que sueña. En ese marco, la historia de Roberto Carlos Torres Silva representa a quienes entienden el arte no solo como expresión, sino como un acto de amor profundo: una forma de sanar territorios, reconstruir vínculos y encender, desde los pinceles, una esperanza que no se apaga.

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