Yo vi un OVNI… y al otro día salieron a decir que era Venus. Lo curioso es que años después el mismo Pentágono terminó reconociendo que existen fenómenos aéreos que todavía no logran explicar. Así que, mientras los expertos discuten, yo sigo creyendo que no estamos tan solos como pensamos.
Por Óscar Viña Pardo
La pandemia tuvo cosas muy extrañas.
Además del pan artesanal, las videollamadas eternas y los vecinos convertidos en epidemiólogos profesionales, también nos devolvió algo que habíamos perdido hacía años: el tiempo para mirar el cielo.
En pleno encierro del 2020, cuando las noches parecían más silenciosas y las familias todavía se reunían en los balcones a conversar, tuve la oportunidad de ver algo que hasta hoy sigo sin poder explicar completamente.
O mejor dicho: algo que otros intentaron explicarme demasiado rápido.
Era el 12 de abril. Estábamos con mi esposa y algunos vecinos observando las estrellas cuando apareció un objeto extraño moviéndose en el cielo. No era un avión común. No parecía estrella. Tampoco helicóptero. Y como buen colombiano en tiempos de pandemia, saqué inmediatamente el celular para grabar antes de que desapareciera o antes de que el internet se cayera.
La emoción fue colectiva.
Terminamos buscando mejor ángulo, subiéndose algunos hasta en escalera, señalando el cielo como quien descubre el penalti que el árbitro no vio en una final del fútbol colombiano.
Yo, emocionado como niño con juguete nuevo, publiqué el video en Facebook.
Y ahí empezó el verdadero fenómeno paranormal:
las redes sociales.
El video se volvió tendencia rápidamente. Comentarios iban y venían. Unos juraban que era una nave extraterrestre. Otros aseguraban que era una conspiración mundial. Algunos más decían que seguramente eran drones chinos vigilando la cuarentena.
Y claro… también aparecieron los expertos.
Al otro día un medio de comunicación entrevistó a un astrónomo —o astrólogo, porque en este país a veces mezclamos telescopios con horóscopos— quien fue contundente:
—Eso no es un OVNI. Es Venus.
Y yo quedé como el hombre que confundió un planeta con una invasión alienígena.
Confieso que durante unos segundos dudé de mí mismo. Porque claro, uno no va a pelear fácilmente con alguien que lleva años mirando el cielo por telescopio y hablando con palabras técnicas imposibles de pronunciar.
Pero la vida da vueltas curiosas.
Años después, el mismísimo Pentágono terminó reconociendo públicamente que existen fenómenos aéreos no identificados que siguen siendo investigados oficialmente por el gobierno estadounidense.
O sea: no estaba tan loco.
Lo único que cambió fue el nombre.
Antes eran OVNIS, Objetos Voladores No Identificados. Ahora, para que el asunto suene más elegante y menos de película barata de los años ochenta, se llaman FANI:
Fenómenos Anómalos No Identificados.
Mire usted cómo la humanidad resuelve las cosas:
cambiándole las siglas al misterio.
Y ahí creo que estuvo parte del problema con muchos expertos durante décadas. Existía un discurso casi obligatorio donde hablar de extraterrestres era automáticamente sinónimo de locura, conspiración o exceso de televisión nocturna.
Pero poco a poco el tema dejó de ser exclusivo de fanáticos y comenzó a entrar en escenarios oficiales.
Pilotos militares reportando avistamientos. Videos desclasificados. Testimonios bajo juramento en el Congreso estadounidense. Y hasta oficinas especializadas creadas por el gobierno para investigar estos fenómenos.
El director de la Oficina de Resolución de Anomalías del Pentágono, Sean Kirkpatrick, reconoció que se investigaban centenares de casos relacionados con fenómenos aéreos no identificados.
Y ahí sí nadie salió a decir que todos estaban viendo Venus.
Uno de los testimonios más llamativos fue el del ex piloto militar Ryan Graves, quien habló públicamente sobre el miedo que muchos pilotos sienten al reportar estos avistamientos por temor al ridículo o a consecuencias profesionales.
Porque el gran problema del tema OVNI nunca ha sido únicamente científico.
También ha sido cultural.
Nos enseñaron a burlarnos rápidamente de aquello que no entendemos. Y aunque claro que existen exageraciones, montajes y personas que ven extraterrestres hasta en una arepa quemada, también es cierto que el universo sigue siendo demasiado inmenso para creer ingenuamente que somos los únicos habitantes inteligentes.
O bueno… inteligentes a veces.
Porque viendo cómo nos comportamos en redes sociales, quizás los extraterrestres llevan años observándonos y todavía no se animan a hacer contacto oficial.
Y sinceramente los entiendo.
Mientras tanto, yo sigo recordando aquella noche de pandemia donde los vecinos celebrábamos aquel avistamiento como si Colombia hubiera clasificado a otra Copa del Mundo.
Tal vez era Venus.
Tal vez no.
Pero lo cierto es que desde entonces miro el cielo distinto.
Porque hay preguntas que todavía no tienen respuesta. Y quizás ahí radica precisamente su encanto: en permitirnos seguir imaginando que allá arriba, entre estrellas y silencios, alguien también podría estar preguntándose si existe vida inteligente en la Tierra.



