Crónicas

El Yariseño, el ritmo que siembra esperanza en tierras de paz

Cuando el sol de junio acaricia los tejados de San Vicente del Caguán, algo distinto vibra en el aire. No es solo la llegada de las fiestas, ni las gaitas que suenan en las esquinas; es el latido colectivo del Yariseño, una danza que va más allá del espectáculo para convertirse en símbolo de identidad, memoria y anhelo de futuro en un territorio que quiere dejar atrás el estigma y convertirse en epicentro cultural del Caquetá.

El pasado fin de semana, durante el Festival Folclórico del Baile del Yariseño y el Sanjuanero Caqueteño, este municipio del norte caqueteño alzó su voz, pero esta vez no en forma de reclamo, sino de baile. En cada giro, en cada paso marcado sobre el escenario, se tejía un mensaje que resonaba con fuerza: aquí también se construye país con cultura.

Una danza que nació del río y del monte

El Yariseño no es un ritmo cualquiera. Es hijo de las migraciones del Tolima Grande, del joropo llanero, del bambuco andino. Nació en las sábanas del Yarí, creció al abrigo de la colonización agraria, y se consolidó como un relato danzado de quienes llegaron buscando tierra, vida y dignidad.

Hoy, sus movimientos se aprenden desde niños en escuelas como Danzarte, donde jóvenes como Nicole Dayana Fierro Sánchez, de 15 años, no solo perfeccionan la técnica, sino también su sentido de pertenencia. Nicole, con sus sueños de estudiar medicina, representa a esa nueva generación que no le baila al conflicto, sino a la vida.

La acompaña Johan Sebastián Acuña Aragón, de 21 años, estudiante de Licenciatura en Educación Artística y heredero de una tradición familiar marcada por la resiliencia. Su padre, también parejo del Yariseño, fue víctima del conflicto armado. Johan, sin embargo, decidió quedarse. Y bailar. Porque en sus palabras, «bailar el Yariseño es una forma de resistir, de honrar y de sanar».

El arte de tejer comunidad a ritmo de flor

Vestidos con trajes que evocan la selva amazónica —guacamayas, dantas, flores del Yarí—, las parejas no solo ejecutan pasos; representan una historia. Cada coreografía se construye sobre la imagen simbólica de una flor de seis pétalos: es la Flor del Yarí, donde cada pétalo representa un valor de este territorio: memoria, tierra, esperanza, identidad, resistencia y paz.

“Este baile no es fácil, pero es hermoso. Lo que sentimos al estar en escena es algo muy profundo, como si la historia del pueblo hablara a través de nosotros”, dice Nicole mientras se alista para su presentación, con la emoción intacta y el vestido decorado con los colores del bosque.

Un canto nuevo a orillas del Caguán

Durante el festival, el pueblo se transforma. Bajando desde la cordillera con sombrero y poncho, y subiendo desde las sabanas con alpargatas y guitarra, campesinos, jóvenes, niños y abuelos se congregan para celebrar algo más que una fiesta: celebran la posibilidad de una nueva narrativa para San Vicente del Caguán.

“Queremos que el país vea esta otra cara del Caquetá”, dice Johan antes de subir al escenario. “Aquí no todo es conflicto. Aquí hay arte, hay cultura, hay campesinos que luchan con la palabra, con la música, con el baile”.

Y así, bajo el cielo despejado y entre palmas agitadas por el viento, el Yariseño se baila como un acto de fe, como un ritual que abraza la vida, como un himno que nace del corazón de la Amazonía para recordarle al país que la paz también se canta, también se baila, también se sueña.

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