Cultura

Estoy en modo cuarentena

Difícil resulta para mí, como para millones de colombianos, dejar de saludar con la mano, abrazar o besar a quienes queremos. Pero llegó un virus diminuto que nos obligó a replantear nuestras costumbres, nuestros hábitos y hasta la manera de relacionarnos con el mundo.

Nunca pensé que llegaría el día en que un abrazo produjera desconfianza.

Nosotros, los latinos, fuimos educados para el contacto humano. Saludamos de mano, abrazamos fuerte, besamos en la mejilla y hasta terminamos conversando pegaditos como si la cercanía fuera parte obligatoria del idioma. Pero apareció el Covid-19 y, de un momento a otro, el cariño empezó a medirse en metros de distancia.

Ahora uno saluda de lejos y hasta se siente mal educado.

Esta enfermedad tiene algo particular: nos obligó a volver conscientes actos que antes hacíamos en automático. Lavarse las manos dejó de ser un consejo de mamá para convertirse en una rutina casi obsesiva. Ya no basta con hacerlo tres veces al día o después de ir al baño. Ahora pareciera que vivimos contando segundos frente al lavamanos mientras nos preguntamos si ya eliminamos suficientes bacterias.

Confieso que entré en paranoia higiénica.

Saludo a alguien y automáticamente siento la necesidad de correr al baño. Me descubro pensando cuántas superficies toqué, cuántas manos estreché o cuántas veces me llevé las manos a la cara sin darme cuenta. Y es ahí donde uno entiende el verdadero problema: vivimos tocándonos permanentemente.

Los expertos aseguran que una persona puede llevarse las manos al rostro miles de veces al día. Ojos, nariz, boca… todas puertas abiertas para virus y bacterias. Y claro, uno empieza a observar comportamientos que antes parecían invisibles. Hay quienes se acomodan las gafas cada treinta segundos, otros se rascan la barba, otros la cabeza, y algunos —sobre todo los hombres— tienen la extraña costumbre de revisar constantemente si todo sigue “en orden” por allá abajo.

El Covid-19 nos volvió detectives de nuestras propias mañas.

Pero no es solo este coronavirus el que debería preocuparnos. Por las manos también ingresan gripes, infecciones intestinales, conjuntivitis y una larga lista de microorganismos que llevamos tranquilamente de un lado a otro sin enterarnos.

Recuerdo escuchar al epidemiólogo costarricense Roy Wong explicar algo aterrador. Hablaba de una persona que subió a una buseta con las manos completamente limpias y desinfectadas. Después de hacer el recorrido entre la casa y la oficina le analizaron nuevamente las manos y encontraron miles de veces más bacterias que cuando inició el trayecto.

Ahí fue cuando entendí que el enemigo invisible siempre estuvo ahí; simplemente nunca le prestamos atención.

No hablemos entonces de los billetes y las monedas. Esos sí son patrimonio bacteriológico de la humanidad. Pasan por miles de manos diariamente y cada persona deja su pequeña huella viral en ellos. Uno recibe el cambio, guarda la plata, revisa el celular, se toca la cara y listo: transporte gratuito para los microorganismos.

Y ya que hablamos del celular… pobre aparato. Se convirtió en el nuevo compañero inseparable del baño. Ahí está mientras revisamos redes sociales, contestamos mensajes o vemos videos absurdos creyendo que nada ocurre. Luego sale triunfante del sanitario directo a la mesa, la cama o la cara.

El coronavirus no solo vino a enfermarnos físicamente. También vino a confrontar nuestros hábitos, nuestra disciplina y hasta nuestra cultura del contacto permanente.

Por eso, aunque me cueste admitirlo, me declaro temporalmente en cuarentena emocional de abrazos y besos. He pasado a convertirme en un compulsivo lavador de manos, observador de estornudos ajenos y sospechoso profesional de cualquier tos en espacios cerrados.

Y mientras todo esto pasa, recuerdo una frase sabia y muy colombiana que repetía mi madre cada vez que llegaban visitas demasiado efusivas:

“Mucho los quiero, mucho los amo… pero con tanto abrazo y saludo no me los mamo”.

Quién iba a pensar que, años después, esa frase tendría categoría de recomendación epidemiológica.

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