Las noticias que publicamos todos los días en el portal me tienen nervioso. Tanta gente querida despidiéndose por culpa del Covid me hizo tomar una decisión trascendental: antes de ir a reclamar mis gloriosos $8.500 pesos del Baloto, decidí estrenar la pinta que tenía guardada para mi cumpleaños. Uno nunca sabe quién termina estrenando por uno.
Por Óscar Viña Pardo
Después del éxito nacional de mi anterior columna sobre el Baloto —éxito económico no, porque todavía seguía en pérdida— muchas personas quedaron preocupadas pensando que me había convertido en millonario clandestino de Ibagué.
Por eso me veo en la obligación moral, ética y casi notarial de aclarar que sí cobré el premio… pero financieramente sigo perteneciendo al pueblo.
Y qué proceso tan emocionante.
Con tantas noticias tristes durante la pandemia, con amigos despidiéndose demasiado pronto y con el miedo caminando por todas partes, decidí no guardar más la ropa “fina” para ocasiones especiales. Así que saqué la percha reservada para el 22 de abril, día de mi cumpleaños, y me la puse para ir a reclamar semejante fortuna.
Porque si algo nos enseñó el Covid es que la vida no avisa.
Me bañé con solemnidad de hombre exitoso, me eché la loción de la suerte y hasta me miré al espejo con cierto respeto financiero. El tapabocas ayudaba bastante porque uno con media cara cubierta automáticamente se siente más elegante.
Me dije:
—Oscar, hoy es el día. Vas a recuperar la dignidad económica.
Llegué entonces a la oficina principal de Gana Gana con la tensión propia de quien carga en el bolsillo un patrimonio equivalente a cuatro cubanos y media libra de queso.
La fila avanzaba lentamente. Distanciamiento social, alcohol, protocolos y caras largas de enero. Diez minutos después, la funcionaria tomó mi billete ganador y por primera vez sentí que la DIAN sabía oficialmente de mi riqueza.
Firmé documentos como quien estuviera reclamando herencia familiar en Miami.
Cuando finalmente tuve los $8.500 en mis manos sentí algo muy parecido al triunfo… aunque también una ligera sospecha de que ya había gastado más plata intentando cobrarlos.
Pero uno es optimista por naturaleza.
Pensé:
—La racha está viva.
Así que busqué otro punto Baloto por la peatonal de la Tercera y compré un nuevo automático. Porque si algo caracteriza al colombiano es perder plata insistiendo en recuperarla.
Regresé luego al parqueadero y pagué $2.200 por la hora. Ahí entendí que el capitalismo sí tiene sentido del humor.
Ya financieramente golpeado, tomé una decisión responsable: el excedente del premio sería destinado a un cubano. Un solo cubano. Pequeño. Moderado. Elegante.
Mentira.
Entré en un trance emocional inexplicable.
Cinco cubanos y tres peras después comprendí que el verdadero peligro no era la ludopatía sino la panadería tradicional tolimense. Aquello ya no era merienda; era un atentado glucémico con bocadillo incluido.
Llegué a la casa inflado de felicidad y harina cuando ocurrió otro momento histórico: me llamaron de la oficina de atención al cliente de Baloto.
La voz al otro lado del teléfono me dijo:
—Necesitamos una fotografía del tiquete.
Y ahí fue cuando casi colapso emocionalmente.
Yo, todavía atrapado en la culpa gastronómica, entendí otra cosa completamente distinta y respondí nervioso:
—¿La factura del cubano? ¿También necesitan eso?
En segundos vi desfilar frente a mis ojos la evidencia criminal de mis cinco cubanos y tres peras. Pensé que me iban a reportar a alguna autoridad nutricional internacional.
Afortunadamente el funcionario aclaró:
—No señor, necesitamos foto del tiquete del Baloto.
Respiré tranquilo.
Sin embargo, la culpa ya estaba sembrada. Esa noche confesé en casa mi recaída repostera y anuncié oficialmente el inicio de una dieta estricta. No para bajar de peso… sino de pesos.
Porque haciendo cuentas serias, la operación financiera quedó así:
Invertí $7.800 en el Baloto.
Gasté $12.000 en parqueadero y desplazamientos.
Me comí aproximadamente $8.000 en cubanos y peras.
Y el nuevo Baloto no me dio ni para una menta.
Es decir, terminé convirtiendo una ganancia de $8.500 en una pérdida digna de estudio económico por parte del Banco de la República.
Para rematar, buscando recuperar mi prestigio como hombre afortunado, invité a mis suegros a jugar parqués con dados de 12 números. La suerte parecía acompañarme: logré meter las cuatro fichas en recta final mientras los demás se destruían entre sí como coalición política en época electoral.
Pero el destino es cruel.
Mi suegro sacó una ficha de la cárcel, recorrió medio tablero y en un solo movimiento acabó con mi ilusión de victoria. Otra vez quedé viendo cómo el triunfo se me escapaba por detalles mínimos.
Conclusión financiera del mes:
La adicción al Baloto está controlada: un tiquete mensual.
La verdadera preocupación nacional son los cubanos y las peras, que ya entraron peligrosamente a la canasta familiar.
Y para quienes todavía creen que me hice rico, les aclaro nuevamente: fueron apenas $8.500 pesos.
Les pido discreción por seguridad.
No quiero seguir soportando esas miradas seductoras de tantas mujeres bellas que ahora creen que ando manejando capitales internacionales.



