Cultura

Se acabó la paja

“Cuando el sexo es tan fácil de conseguir, el amor es difícil de encontrar”. La frase de Iván Mejía Álvarez en El Pulso del Fútbol quedó retumbando como eco de cantina en una generación que conquistaba hablando, soñando y, sobre todo, echando paja.

Este texto fue publicado el 13 de agosto de 2017

Nada más placentero que un buen pajazo, decíamos los caballeros de antes. Pero no se me asusten los moralistas de redes sociales ni los inquisidores digitales de nueva generación. Estoy hablando de esa paja gloriosa, creativa y romántica que servía para conquistar, enamorar y adornar la vida cuando todavía el verbo tenía valor y el susurro era más poderoso que un emoticón con carita de fuego.

Porque en aquellos tiempos uno conquistaba hablando. Y sí que hablábamos. Éramos capaces de inventarnos hasta tres vidas distintas para impresionar a la muchacha que nos gustaba. Que el tío tenía finca, que el primo era cantante, que uno jugaba fútbol mejor que el “Pibe”, que sabía serenatear, que escribía poemas. Y ahí iba uno, echando paja con una seguridad digna de candidato en campaña política.

La creatividad brotaba sola. Bastaba una mirada en la tienda del barrio, un roce de manos en una fiesta de quince años o una canción de José José sonando en la radio para que arrancara la faena romántica. Canción va, canción viene, un pasito adelante, otro atrás, una sonrisa tímida, un pasito “tun tun”, y otra vez a echar paja. Porque la conquista tenía ritual, ceremonia y paciencia.

Hoy los muchachos resuelven todo con un “¿quién para esta noche?” enviado desde el celular mientras comen hamburguesa. Nosotros no. Nosotros teníamos que sudarnos el amor. Había que caminar cuadras enteras para ver a la novia cinco minutos en la ventana. Tocaba aprenderse canciones, practicar tonos de voz y hasta modular la respiración para parecer interesantes. El cerebro trabajaba más que operador bursátil en crisis económica.

Mi tío mayor era doctor honoris causa en pajología avanzada. Todavía lo es. Bastaba sentarse con él un rato para quedar atrapado en historias imposibles donde siempre aparecía una mujer espectacular, una cantina de pueblo, una serenata mal cantada y una hazaña amorosa que probablemente jamás ocurrió. Pero qué importaba. La mitad de la magia estaba precisamente ahí: en exagerar la vida hasta volverla memorable.

Ese era el verdadero arte de echar paja. No era mentir por maldad. Era adornar la existencia para hacerla más divertida, más romántica y menos gris. Nuestros abuelos lo hacían, nuestros padres también, y uno terminó heredando esa tradición oral casi como patrimonio cultural no declarado de la colombianidad.

Hasta las frases populares tenían poesía. Recuerdo que cuando se firmó el acuerdo de paz, mi tío soltó una sentencia memorable mientras levantaba el vaso: “Es mejor echar paja que balas”. Y razón no le faltaba. Porque detrás de tanta habladera había conversación, carcajadas, cercanía y humanidad.

Pero llegó la modernidad y nos dejó mudos.

Ahora las manos ya no se usan para escribir cartas perfumadas ni para tocar guitarra bajo una ventana. Se usan para deslizar pantallas. La conquista cabe en una aplicación, el deseo se mide en likes y el amor dura lo que dura la batería del celular. Tinder resolvió lo que antes requería semanas de estrategia romántica, dos serenatas desafinadas y mínimo tres mentiras piadosas.

Se acabó la paja.

Se acabó el cambio de voz cuando aparecía la muchacha bonita. Se acabó el amigo consejero enseñando frases de conquista. Se acabaron los nervios antes del primer beso y también las historias que nacían después para agrandarlas entre amigos con cerveza en mano.

Hoy los adolescentes hasta se burlan de uno.

  • ¿Ustedes sí eran de la generación de la paja?, preguntan muertos de risa.

Y uno apenas sonríe con dignidad de veterano romántico mientras ellos explican que desde los doce años ya viven “otra dimensión”. Pobres muchachos. Tienen toda la tecnología del mundo, pero quizá jamás entenderán el placer irrepetible de conquistar lentamente, de imaginar antes de tocar, de enamorar antes de consumir.

Yo, en cambio, agradezco haber nacido en una generación donde el amor se cocinaba a fuego lento y la paja era parte fundamental de la conquista. Esa misma que todavía recordamos entre amigos cuando nos reunimos a reírnos de nosotros mismos y de aquellas historias imposibles que, ciertas o no, terminaron construyendo nuestra memoria.

Porque para echar paja… nosotros.

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