Cultura

Me gané un balotico pero no me lo pagan 

Me compré el Baloto el 30 de diciembre pensando que el 2021 me convertiría en otro hombre: exitoso, millonario y quizás hasta más flaco. Pero me gané 8.500 pesos y empezó una procesión más larga que promesa de político en campaña.

Por Óscar Viña Pardo

El 30 de diciembre uno hace cosas raras.

Se come las últimas uvas con fe financiera, abraza gente que no volverá a llamar y compra Baloto creyendo que el universo, cansado de verlo luchando tanto, por fin le va a hacer justicia económica.

Yo fui uno de esos.

Mientras hacía diligencias en el centro comercial Centro Comercial Acqua Power Center compré mi Baloto automático con revancha, porque cuando uno está ilusionado hasta paga adicional por si Dios anda distraído y no vio el primer intento.

Salí convencido de que el 2021 sí iba a ser mi año. Ya me imaginaba estrenando carro, ayudando a la familia y dando entrevistas sobre cómo la humildad no cambia pese a la riqueza.

Pero la vida es sabia y a veces cruelmente chistosa.

El 3 de enero decidí revisar los resultados por internet. Porque una cosa es soñar y otra hacer fila innecesariamente para enterarse de la pobreza. Puse los números y de repente ocurrió el milagro:

  • ¡Me lo gané! ¡Me lo gané!

No era el premio mayor, claro. Tampoco alcanzaba para pensionarme en Aruba. Pero 8.500 pesos son 8.500 pesos, y en enero eso ya tiene categoría de inversión emocional.

Además, mentalmente ya les tenía destino: un cubano con mucho bocadillo y, si el capitalismo lo permitía, una pera fría para acompañar.

Volví entonces al punto de Gana Gana en Acqua con una felicidad interior imposible de ocultar, aunque el tapabocas apenas dejara ver mi clásica cara de ponqué. Esperé disciplinadamente mi turno, imaginando incluso el discurso que daría cuando me entregaran semejante fortuna.

La señora me miró con compasión administrativa y soltó la frase que iniciaría mi viacrucis financiero:

—Aquí no pagamos premios de Baloto.

Sentí que me negaban la herencia familiar.

Pero uno es terco cuando se trata de plata ajena que ya siente propia. Así que continué mis diligencias por barrios, calles y avenidas de Ibagué mientras aprovechaba para reclamar mi millonario premio en cada Gana Gana que aparecía en el horizonte.

Ferias. Nada.

Yuldaima. Nada.

21 con Quinta. Tampoco.

Cada punto repetía exactamente la misma frase, como si estuvieran leyendo un libreto nacional:

—Lo sentimos, no estamos autorizados para pagar Baloto.

Ya el asunto parecía persecución personal.

Y mientras caminaba con mi billete ganador guardado cuidadosamente en la billetera, el cubano empezaba a aparecerse en mi mente como una visión celestial rellena de bocadillo.

Finalmente llegué a la 37 con Octava y vi otro Gana Gana. Entré con la última esperanza del hombre que ya hizo más vueltas para cobrar 8.500 pesos que las que hace un congresista en campaña.

La señora fue contundente:

—Eso solo lo pagan en la oficina principal.

—¿Y suben rápido? —pregunté ingenuamente.

—¿Subir? Nadie sube.

Ahí entendí que cobrar un Baloto pequeño en Colombia se parece mucho a sacar una cita médica: el premio existe, pero acceder a él requiere fe, paciencia y posiblemente ayuno espiritual.

Lo positivo de la historia es que al lado estaba Pan Mariquiteño, esa panadería tradicional capaz de reconciliar a cualquiera con la vida. Y como uno no puede pelear contra el destino ni contra el hambre emocional, terminé comprándome un cubano y una pera como premio de consolación.

Y qué cubano, señores.

Ese amasijo glorioso relleno de bocadillo que uno muerde y automáticamente vuelve a la infancia, a la lonchera del colegio y a los recreos donde todavía creíamos que el futuro iba a ser fácil.

Llegué a la casa feliz, lleno y con la billetera rebosante… de papeles inútiles, incluido mi histórico Baloto de 8.500 pesos aún sin cobrar.

No sé cuándo lograré reclamar semejante fortuna. Lo único cierto es que esta pequeña tragedia económica deja una gran reflexión nacional: para venderle a uno el Baloto sí aparecen puntos hasta debajo de las piedras, pero para pagarle el premio toca hacer más diligencias que para sacar visa americana.

Mientras tanto, ahí tengo guardado mi capital financiero.

Un ahorro forzoso de 8.500 pesos.

Y apenas logre cobrarlo, pienso reinvertir sabiamente en otro cubano. Porque a este paso, o me pagan el Baloto… o termino gordito pero feliz.

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