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Yo le hago el favorcito

Hay frases peligrosas en Colombia: “mi amor, tenemos que hablar”, “eso sale rápido” y una que produce escalofríos administrativos: “yo le hago el favorcito”. Lo grave es que casi siempre aparece justo cuando uno está reclamando algo por lo que ya pagó o a lo que tiene derecho.

Existe una especie muy particular en oficinas públicas y privadas. No distingue estrato, salario ni cargo. Puede habitar EPS, bancos, empresas de telefonía, notarías, oficinas estatales o consultorios médicos.

Su frase favorita es:
-Yo le hago el favorcito.

Y uno inmediatamente siente que pasó de ser ciudadano a convertirse en mendigo institucional.

Porque una cosa es pedir ayuda y otra muy distinta reclamar un servicio por el que ya pagó, tiene derecho o lleva tres meses esperando mientras el sistema “escala el caso”.

El problema del “favorcito” no es la frase en sí. El problema es la mentalidad feudal que la acompaña. Esa sensación de que el funcionario cree estar sacrificando parte de su existencia para resolver algo que precisamente le corresponde hacer.

Uno llega respetuosamente:
-Buenos días, vengo por el trámite X.

Y del otro lado aparece la mirada cansada de quien lleva años peleando con el mundo, acompañada de un suspiro profundo y la frase:
-Bueno… yo le hago el favorcito.

Favorcito? hummm.

No señor. No señora. No joven multitarea con cara de haber desayunado limón. Usted no me está haciendo un favor. Usted está haciendo el trabajo para el cual fue contratado.

Imagínese uno devolviéndose en la vida cotidiana con la misma lógica.

El panadero:
– Bueno, le hago el favorcito de venderle el pan.

El conductor del bus:
-Suba rápido que le voy a hacer el favorcito de llevarlo.

El cirujano en plena operación:
-Relájese doctor, yo le hago el favorcito de cerrarle la herida.

Pero curiosamente en el mundo burocrático eso parece normal.

Y hay categorías.

Está el funcionario pasivo-agresivo, experto en decirle a uno:
-No se altere señor…

Frase que automáticamente produce exactamente lo contrario: alterarse.

Porque generalmente aparece después de la quinta fila, del cuarto documento fotocopiado y de descubrir que el papel que pidió la ventanilla 3 debía ir firmado por la ventanilla 7, que solo atiende martes de luna llena entre las 8:12 y las 8:17 de la mañana.

También existe el “subespecialista administrativo”.

Ese personaje maravilloso que trabaja como secretaria de un consultorio médico y termina creyendo que hizo dos especializaciones, una maestría y media residencia clínica simplemente por manejar una agenda de citas.

Uno llama:
-Buenos días, necesito una cita.

Y termina enfrentando un interrogatorio más complejo que migración en aeropuerto gringo:
-¿Trajo la orden?
¿La fotocopia ampliada al 150?
¿La historia clínica desde preescolar?
¿La ecografía de cuando estaba en el vientre?

Y mientras uno busca papeles, la enfermedad avanza felizmente.

Ahí es donde uno entiende por qué muchas veces colapsa el sistema de salud. No solamente por falta de recursos, sino por exceso de “favorcitos”.

Pero tampoco se salvan las empresas privadas.

Ahí la situación tiene otro nombre elegante: “su caso está en proceso”.

Frase empresarial que en español significa:
“No tenemos ni idea de cuándo le solucionamos”.

Uno paga cumplidamente un servicio, hace un cambio, aprovecha una promoción y dos meses después sigue esperando mientras lo llaman “cliente preferencial”.

Preferencial sí… pero para sufrir.

Y cuando finalmente uno reclama con razón, automáticamente lo clasifican como:
“usuario reactivo”.

Claro, porque después de pagar, esperar, llamar veinte veces y escuchar música corporativa durante horas, se supone que uno debería responder con poesía y gratitud espiritual.

Ni Mahatma Gandhi aguantaba tanto.

Y qué decir del funcionario público creativo, ese que interpreta los manuales como si fueran horóscopos. Cada oficina tiene reglas distintas, cada empleado maneja su propia constitución política y cada trámite parece diseñado por alguien que odiaba profundamente a la humanidad.

Lo mandan de un lado a otro hasta que uno termina recorriendo más ventanillas que candidato político en campaña.

Y al final, cuando ya lo ven con cara de colapso emocional, aparece nuevamente la frase salvadora:
-Tranquilo señor, yo le hago el favorcito.

Mire, no.

No nos están haciendo ningún favor.

Ni en la EPS.
Ni en la empresa de internet.
Ni en la oficina pública.
Ni en el banco donde cobran hasta por respirar cerca del cajero.

El ciudadano no debería agradecer por recibir atención digna. Porque cuando convertimos el deber en favor, terminamos normalizando la mediocridad.

Eso sí, reconozco algo: la otra orilla también existe. Hay usuarios groseros, agresivos y convencidos de que gritar acelera los trámites. Y no. La mala educación no puede ser deporte nacional.

Pero tampoco podemos seguir confundiendo servicio con caridad institucional.

Porque al final, como dice el viejo refrán, de todo se ve en la Viña del Señor.

Y entre tanta vuelta, tanto sello y tanto “favorcito”, lo único realmente claro es que el ciudadano colombiano terminó especializándose en paciencia… sin haber recibido nunca el diploma.

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