Crónicas

Un polvo llamado Covid19

En tiempos de pandemia hasta las relaciones cambiaron. El mal llamado “polvo” pasó en algunos casos a convertirse en rutina de supervivencia emocional; en otros, hablar paja terminó siendo la mejor medicina para no dejar morir el amor.

Por Óscar Viña Pardo – escrito publicado cuando inicio la pandémia del Covid19

Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Y si algo quedó claro durante la pandemia es que el Covid-19 no solo puso en cuarentena la economía, la política y los abrazos: también revolucionó las alcobas.

El amor sobrevivió… pero con tapabocas emocional.

Muchas parejas que antes juraban amor eterno terminaron descubriendo, después de tres meses encerrados, que el verdadero virus era convivir las 24 horas. Lo que parecía una relación estable comenzó a tambalear entre el teletrabajo, los platos sucios, el niño viendo TikTok a las dos de la mañana y el marido preguntando cada veinte minutos qué había de comer.

La monotonía acabó con más romances que el suegro metido.

Parejas que antes se extrañaban, ahora soñaban con verse… pero desde otra casa. Muchos esperaban con ansiedad la apertura económica del país no para ir al centro comercial, sino para terminar dignamente una relación que hasta febrero parecía perfecta.

Pero no todo fue tragedia amorosa.

El sexólogo Ezequiel López Peralta aseguró que otro grupo de parejas decidió ponerle creatividad al encierro. Mientras unos peleaban por el control remoto, otros desempolvaron la imaginación y volvieron a prender la mecha del amor.

Y claro… el comercio lo entendió rapidísimo.

Las ventas de juguetes sexuales subieron como espuma. Según reportes citados por Forbes, las compras en línea y los domicilios relacionados con productos eróticos crecieron notablemente en ciudades como Bogotá y Medellín. El Covid dejó claro que el colombiano podrá quedarse sin gimnasio, pero jamás sin creatividad para el entretenimiento horizontal.

Porque como decía Gabriel García Márquez, uno llega al mundo con los polvos contados… y había que administrarlos bien durante la cuarentena.

Ahora, donde verdaderamente la pandemia produjo una revolución silenciosa fue entre los solteros.

Ahí sí el asunto se puso interesante.

Según López Peralta, la masturbación dejó de ser ese tema escondido debajo del colchón moral latinoamericano y pasó a convertirse casi en política pública sanitaria. Algunos ministerios de Salud llegaron incluso a plantearla como una de las prácticas sexuales más seguras durante la pandemia.

En otras palabras: hablar paja dejó de ser solo metáfora nacional.

Los solteros, los separados y uno que otro “infiel en pausa” encontraron en el sexting, las videollamadas calientes y los mensajes sugestivos un nuevo deporte olímpico del confinamiento. WhatsApp pasó de servir para reenviar cadenas religiosas a convertirse en consultorio sentimental, motel virtual y sala de creatividad erótica.

La imaginación volvió a cotizarse alto.

Porque encerrados entendimos algo fundamental: el cerebro sigue siendo el órgano sexual más poderoso. Y mientras algunos hacían pan artesanal o aprendían yoga, otros perfeccionaban el arte de la foto insinuante tomada desde el mejor ángulo posible del apartamento.

Eso sí, la pandemia también democratizó la autosatisfacción.

El sexólogo explicaba que muchas personas en pareja descubrieron algo revolucionario: podían disfrutar de su sexualidad tanto acompañados como individualmente. Toda una tesis doctoral para generaciones educadas bajo la idea de que el placer siempre tenía que venir con banda sonora romántica y velita aromática.

Las aplicaciones tampoco se quedaron quietas.

Tinder, Badoo y otras plataformas de encuentros vivieron su propia bonanza pandémica. Mientras el mundo se cerraba físicamente, internet abría puertas emocionales, románticas y, para qué negarlo, bastante hormonales.

Muchos descubrieron que podían enamorarse sin salir de la cama. Y otros comprobaron que el amor virtual dura exactamente lo mismo que la señal del wifi.

Pero la otra cara del encierro también tuvo sus desafíos.

Porque una cosa es hablar de pasión en teoría y otra practicarla en casas donde convivían abuelos, niños, tíos, sobrinos, mascotas y vecinos con paredes de papel. El verdadero desafío romántico de la pandemia no era encontrar deseo… era encontrar privacidad.

Ahí surgió una nueva disciplina olímpica nacional: el safari amoroso doméstico.

Parejas buscando espacios imposibles entre la cocina, el patio, el baño y el cuarto útil, mientras el niño gritaba desde la sala que se había caído el internet. El erotismo en tiempos de pandemia requería más estrategia que una misión militar.

Y aun así, entre el caos, el miedo y el encierro, muchas parejas entendieron algo valioso: la intimidad no siempre pasa únicamente por el sexo. A veces también consiste en conversar, reírse juntos, volver a coquetear o simplemente sobrevivir emocionalmente al encierro sin lanzarse el control remoto a la cabeza.

Porque al final el Covid-19 terminó recordándonos algo simple: el deseo necesita imaginación, humor y complicidad para mantenerse vivo.

Así que enamore.
Hable paja.
Coquetee.
Diga el cuento.

Y si definitivamente no logra convencer a nadie… por lo menos écheselo usted mismo frente al espejo.

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