El peso emocional del resentimiento permanecerá mientras no hagamos, en nuestro interior, los actos de construcción necesarios para recordar lo vivido sin que siga doliendo. Por Oscar Viña Pardo
En tiempos como los actuales, donde las redes sociales no solo exponen nuestras heridas, sino que muchas veces las alimentan a través de algoritmos que nos devuelven una y otra vez aquello que buscamos, sin querer queriendo, resulta cada vez más fácil justificar la rabia, el odio, la frustración, la dependencia o el resentimiento.
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Las heridas de la infancia, por ser de las más profundas en nuestra raíz emocional y afectiva, muchas veces nos impiden trascender. Nos atan a la cadena del no olvido, a ese bucle del resentimiento que termina convertido en un peso emocional. Un peso que debe ser atendido desde el autoperdón, el amor propio y, cuando sea necesario, con la ayuda de una terapeuta o de un acompañamiento profesional.
La diferencia entre perdonar y justificar va mucho más allá de las palabras. Perdonar no significa aprobar lo ocurrido, ni borrar la responsabilidad de quien hizo daño. Perdonar es un acto íntimo, propio y consciente, mediante el cual traemos al presente aquello que dolió o aún duele, para mirarlo de frente y preguntarnos, con honestidad, esos “porqués” que muchas veces evitamos: ¿por qué me sigue doliendo?, ¿por qué no he podido sanar?, ¿por qué justifico este resentimiento?, ¿por qué lo permití?, ¿por qué sigo atado a ese momento?
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Esa frase tan repetida de “se perdona, pero no se olvida” puede hacer más daño del que imaginamos. Porque cuando el recuerdo sigue cargado de dolor, el perdón no ha terminado de hacer su camino. Ese dolor se pega también a quienes están cerca. Quienes nos aman, al ver la tristeza que llevamos en el corazón, intentan disminuirla desde la solidaridad; pero muchas veces, por una mala gestión de los sentimientos o quizá por ignorancia espiritual, terminan asumiendo ese dolor como propio. Así, el espiral del sufrimiento crece y se alimenta de comentarios, suposiciones y heridas compartidas.
En mi libro Recuerda que Nada es Personal abordo este tema de diferentes maneras. Tal vez, como el mismo título lo sugiere, uno de los grandes aprendizajes consiste en comprender que muchas veces el dolor se activa con una palabra, un gesto o una acción, y de inmediato volvemos a retroceder emocionalmente. Perdemos el equilibrio que tanto necesitamos porque una parte de nosotros sigue atrapada en ese instante.
Perdonar no es fácil. Requiere concentración, valentía y disposición interior. Exige mirar de nuevo el hecho que tanto nos duele, recrearlo desde lo mental para llevarlo poco a poco hacia lo espiritual, y así empezar a dar los pasos que conduzcan al autoperdón.
En muchas ocasiones, el agresor, o presunto agresor, ni siquiera tiene conciencia del daño que causó. Mientras tanto, nosotros empezamos a construir mundos posibles desde nuestro imaginario, basados en experiencias de vida que muchas veces permanecen inconscientes, pero siguen ahí, latentes, listas para salir a flote ante cualquier palabra, silencio o gesto.
Por eso es hora de dejar de repetirnos “pobre de mí”. La autocompasión debe dar paso a la reconstrucción del ser desde el amor. Traiga ese momento al presente. Escríbalo, como lo sugiero en la agenda ¿Cuál es tu historia?. Cree posibles escenarios de solución y también de no solución. Analícelos por separado. Lea nuevamente lo que escribió. Vuelva a escribirlo tres, cuatro o cinco veces. Se sorprenderá de los resultados que puede encontrar cuando la palabra escrita empieza a ordenar el dolor.
No permita que el peso emocional del resentimiento se convierta en una marca espiritual permanente. Cuando nos quedamos atrapados en la herida, perdemos la oportunidad de crecer desde el amor. Y aunque a veces parezca difícil, dentro de cada ser humano existe la capacidad de perdonar, comprender, amar y trascender.
El perdón puede ser lento, sí. Puede doler mientras se construye, sí. Pero se consigue. No lo dude: usted tiene dentro de sí la posibilidad de soltar, sanar y volver a mirar la vida con menos carga en el alma.



